la columna

Juan Cañavate

La eternidad

MÁS o menos un tipo extravagante o un loco misántropo sin apego a la vida cotidiana, al dulce bullir de gente, al ruido familiar de los platos y las tazas que chocan en las barras de los bares o al de las persianas metálicas de los escaparates que van abriendo la ciudad a la vida, más o menos alguien que ya es sólo de este mundo por la pura costumbre de levantarse con el despertador por la mañana o abrir el grifo de la ducha o encender el ordenador para apagarlo por la noche, más o menos alguien ajeno a todo, podría ser el que hoy escribiese palabra tras palabra sin hablar del calor que anuncian las primeras horas del día; calor con insistencia de machacona eternidad.

Aunque no haya nada eterno y menos el calor que va y que viene con la rutina de las estaciones y que en cada grado que sube o que baja, recupera su instante efímero que viene a ser lo mejor que tiene el calor que, como llega, se va, como casi todas las cosas que, gusten o no gusten, acaban por marcharse. Incluso esas que parecían que nunca se irían y que se van yendo poco a poco en estos tiempos que sorprenden con su evanescencia.

Se ha ido, casi sin darnos cuenta, la socialdemocracia que parecía, cuando la crearon otros más dignos que nosotros, que era algo que había llegado para quedarse eternamente y no; ahí está, diluida como una gota de café en un tazón de leche y agua, apenas sin pulso y dejándose morir lentamente sin que nadie mueva un dedo por mantener un suave soplo de su vida ya fugaz y efímera, como a eso que le llaman arte efímero que lo bueno que tiene es que si es malo, dura poco, no como las estatuas del alcalde Granada que son de duro bronce con vocación de eternas, tan eternas como el River Plate en la primera división de fútbol en Argentina o Grecia que parecía un país eterno con una lengua eterna y ahora es una deuda hipotecaria llena de plantas, animales o cosas, aunque más eternas querían ser las diputaciones, que todo el mundo sabe que son lo que son y que sirven para lo que sirven y que buen provecho sacan de ellas los que lo sacan y que por eso nadie las deja morir y, de pronto, ahí están ahora, en el punto de mira de lo efímero que anda detrás de que pasen al olvido.

Aunque no, las diputaciones, madres abnegadas de los desposeídos, como la Santa Madre Iglesia, son eternas.

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