la colmena

La lección del tomate

BANKIA? Agujero negro. ¿Rescate? Corralito. ¿Reformas? Sacrificios. ¿Europa? No. Si un psiquiatra tuviera que analizar estas asociaciones de ideas, seguro que diagnosticaría un estado profundo de negativismo cercano a la depresión. Como ya habrán imaginado, el enfermo es España y, lamentablemente, las noticias catastróficas de la última semana no dejan resquicio al optimismo. Mientras averiguamos si la situación es reversible, y si el plan de choque intensivo de las autoridades europeas no conduce a la inanición, les propongo una segunda asociación de palabras mucho más sugerente: ¿Dinosuarios? Tomate.

La portada de Nature de su último número me ha dejado más conmocionada que la escalada de la prima de riesgo a zona de intervención. Resulta que el tomate se ha convertido en el gran superviviente de la humanidad. Hasta trescientos científicos de 14 países han participado en un estudio que demuestra cómo el ingrediente estrella del gazpacho fue capaz de triplicar sus genes para adaptarse a las nuevas circunstancias medioambientales de la Tierra y resistir a las grandes extinciones, incluida la ocurrida hace 60 millones de años que acabó con los dinosaurios.

Los investigadores han comparado el material genético del tomate doméstico con el silvestre y la patata y han identificado en su ADN unos 35.000 genes en 900 millones de pares de bases y con varios casos de duplicaciones que vendrían a explicar su capacidad de superviviencia. ¿Sabían que un tomate y una patata son iguales en un 92%? ¿Se imaginan a un tomate capaz de cambiar de color para llamar la atención de las bestias y convertirse en alimento estratégico?

Recuerdo un verano que hice la dieta del tomate. Dos kilos en tres días: clave contra la celulitis e ideal para fumadores y adictos al café; más entretenida que la de la piña y mucho más sana y barata que la dieta de la sonda nasogástrica. La enésima polémica en métodos agresivos de adelgazamiento: deberá estar las 24 horas del día cargado con una mochila y alimentarse a través de una sonda de la nariz al estómago. La ha puesto en marcha una clínica de Barcelona para hacer frente a la obesidad y, teóricamente, reducir los niveles de colesterol, triglicéridos y ácido úrico. La promesa de adelgazamiento es radical: diez kilos en diez días. Hay listas de espera.

Un país de locos. Mientras unos pagan cinco mil euros para enchufarse a una sonda que contrarreste los excesos de mariscos, carnes rojas, alcohol y otras veleidades y alguno carga al presupuesto público del Supremo hasta 40 cenas -de trabajo- en restaurantes de lujo de Marbella un puñado de parados granadinos se encierran en la Curia buscando "mediación divina" contra la crisis. La huelga de hambre es una oficialidad, porque penurias ya pasaban todos los días: "No tenemos ni cinco euros para comprar a nuestros hijos unos zapatos de los 'chinos'; ni un euro para tres barras de pan", declaraba Santiago Cortés. Hace sólo unos días Unicef alertaba de que ya hay más que niños que ancianos al borde la pobreza en España: el 26% de los menores está en riesgo de precariedad y un 13% sufre privaciones. Sólo Rumanía y Bulgaria están en la Unión Europea en peor situación.

Unos no desayunan porque no tienen y otros porque prefieren atiborrarse de gominolas y bollería a cualquier hora del día. El último informe de la Fundación Thao asusta: el sobrepeso y la obesidad afectan ya al 30% de los niños de entre 3 y 12 años. Para el estudio han entrevistado a más de 38.000 menores de 25 municipios de siete comunidades españolas. Este mismo viernes, los pediatras alertaban en Granada del aumento del sobrepeso infantil y de la poca eficacia de los planes preventivos si no se consigue un cambio en las prácticas alimenticias de las familias. Un país de desigualdades y contradicciones. Unos tantos y otros tan poco.

Pese a todo, y sin aclararnos si es gracias a la lección del tomate -adaptarse para sobrevivir-, hay quienes no ven el futuro demasiado negro. Leía hace poco una investigación de la London School of Economics que aseguraba que los humanos viviremos una media de 120 años en el tercer milenio, se nos oscurecerá la piel y seremos más altos. Ellos serán más atléticos, con las mandíbulas más cuadradas, la voz más profunda y el pene más grande; y nosotras perderemos el vello corporal. Más que ciencia parecen deseos y pura ficción... Lástima que no vivamos para verlo.

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