la tribuna

Francisco J. Ferraro

Los misterios de Rajoy

TOMO la expresión de The Economist, que en su edición de la pasada semana dedicaba un artículo a la política española, sorprendiéndose de que se desconozca el programa político económico del que será próximo presidente del Gobierno de España según las previsiones electorales, rasgo que vincula con el carácter gallego de Mariano Rajoy, que "se define por su indefinición" en palabras de un reconocido galleguista.

Los resultados de las recientes elecciones autonómicas y municipales han avalado la estrategia de indefinición del Partido Popular, en la que los ciudadanos han castigado al Partido Socialista por el grave impacto de la crisis económica, su tardío reconocimiento y la inadecuada política económica del Gobierno de Zapatero, al menos hasta el cambio de rumbo del mes de mayo del año pasado. El sufrimiento y las inciertas expectativas de los españoles se han revelado como el argumento fundamental para ganar elecciones, para lo que Rajoy y el Partido Popular han sabido explotar el descontento social, criticando a diario al Gobierno, independientemente de las iniciativas que tomase, y negándole su apoyo, incluso para aprobar medidas que habían sido recomendadas por la Comisión Europea y los organismos económicos internacionales.

Consciente de que la incertidumbre económica es la gran preocupación de los españoles, el Partido Popular ha situado a la economía en el centro de su discurso político, marginando otros referentes tradicionales de oposición como la presunta debilidad del Partido Socialista con ETA, la destrucción de la familia (aborto, bodas homosexuales) o la ruptura de la unidad de España por las concesiones a los nacionalistas, al objeto de atraer a los votantes de centro, incluso a los frustrados de izquierda. Pero lo singular del caso es que para el eje de su discurso no hay definición programática precisa. Si acuden a la página web del Partido Popular podrán comprobar que las "ideas" recogidas para la economía se limitan a la declaración de objetivos generalmente compartidos, como la sostenibilidad de las finanzas públicas, la mejora de la competitividad, la reforma del mercado de trabajo o el apoyo a las pymes, pero no se definen las medidas para alcanzar dichos objetivos.

A falta de mayor definición todo se fía en recuperar la confianza con un gobierno del Partido Popular, sirviéndoles como argumento principal la referencia al pasado de éxito de los gobiernos de Aznar. Pero la situación actual dista mucho de la que existía a mitad de los noventa: 1) la deuda externa y el déficit público son mucho mayores ahora; 2) en la actualidad no se puede contar con el recurso a la privatización de las empresas públicas como en los noventa; 3) el entorno europeo no es tan boyante; y 4) ha desaparecido la extraordinaria facilidad de endeudamiento con bajos tipos de interés.

Por todo ello, en la actualidad no hay margen macroeconómico para políticas que no sean de ajuste y, en particular, para una política de estímulo del empleo. En consecuencia, lo pertinente es que un partido que pretenda gobernar informe cómo va a asegurar el proceso de reducción del déficit con el que España está comprometido, a sabiendas que las medidas de reducción de cargos públicos sólo pueden generar un ahorro muy limitado. Las partidas más relevantes del gasto público son los servicios sociales (¿el Partido Popular se propone recortar o reformar el Estado de Bienestar?), el coste de las administraciones públicas (¿va reducir el empleo público?, ¿va a poner freno a las ineficiencias de las comunidades autónomas y las corporaciones locales?, ¿va a suprimir a las diputaciones?) y las inversiones públicas (¿las va a reducir?).

Igualmente sería conveniente que el Partido Popular explicitase sus alternativas a las reformas estructurales que el Gobierno ha iniciado y hacia las que ha mostrado su rechazo, como las del mercado de trabajo o el sistema de pensiones, y a poner en marcha otras ineludibles.

Poco se sabe de los proyectos concretos de Rajoy, que ha confiado en una estrategia de esperar y ver, evitando asustar a los potenciales votantes con medidas de ajuste o reformas. Sin embargo, la reciente experiencia de David Cameron en el Reino Unido pone de manifiesto que se pueden ganar unas elecciones con un programa profundamente reformista, mientras que la oposición de los conservadores griegos al ajuste propuesto por Papandreu es la mayor preocupación de los gobiernos europeos.

No dudo de que el señor Rajoy pueda tener proyectos de intervención concretos y que sean básicamente razonables, pero en una democracia madura los votos de los electores no deben basarse en la confianza ciega en los líderes o partidos, sino en programas de gobierno. En el Debate del estado de la Nación de la próxima semana tiene el señor Rajoy una oportunidad de desvelar parte de sus misterios y de formular propuestas programáticas en forma de enmiendas o propuestas de resolución.

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