la esquina

José Aguilar

El mito alemán

NOS daban veinte vueltas en todos los parámetros que definen el nivel de desarrollo. Los alemanes, me refiero. Alemania es la gran potencia económica europea, la que marca el paso de la construcción del continente, la primera que hizo sus deberes para salir de la crisis, la más competitiva y eficaz. Estábamos embobados ante su poderío.

Hasta que llegó la dichosa bacteria de Hamburgo y alrededores y nos hemos caído del caballo. La gestión de esta crisis sanitaria por las autoridades germanas las ha colocado en un nivel de incompetencia que nos habían reservado a los países llamados periféricos. A los chapuceros del sur. Más de un mes después de detectar los primeros casos del brote infeccioso, que ya se ha cobrado veinticinco vidas, todavía andan buscando el origen de la enfermedad.

Vale, le puede pasar a cualquiera. Los científicos no hacen milagros en ninguna parte y la bacteria se está revelando escurridiza como una anguila. Pero es increíble que los responsables políticos regionales y estatales hayan querido suplir las perplejidades de la ciencia con su propia certidumbre precipitada y, a la postre, errónea. Se ensañaron primero con el pepino andaluz, después apuntaron a la soja y todavía siguen buscando al agente activo de la epidemia. Por el camino han arruinado buena parte del sector hortofrutícola de Europa, cuyas necesarias compensaciones van ya por los 210 millones de euros. Hasta la prudentísima Comisión Europea le ha dado un palmetazo a Alemania por su irresponsabilidad y ha decidido revisar sus protocolos sobre las alertas sanitarias.

Un país tercermundista hubiera afrontado este problema de la bacteria desde tres premisas insalvables: el pánico, el desconcierto y la atribución de culpas al extranjero. Es lo que ha hecho Alemania. Pero el incidente me ha hecho recordar otros sucesos catastróficos que en los últimos años han puesto en entredicho el mito de la eficiencia alemana en materia de protección civil y situaciones de emergencia. Hace menos de un año hubo diecinueve muertos y más de trescientos heridos, aplastados por una avalancha humana que trataba de acceder, a través de un túnel, a un descampado en el que se celebraba un festival de música. Fue en Duisburgo, la afluencia triplicaba el aforo y nadie se había preocupado de la seguridad del público. Antes se habían producido inundaciones que desnudaron las carencias de una Administración tenida por casi perfecta. Y antes de antes Alemania sufrió un inexplicable choque de trenes con numerosas víctimas: algo propio de una sociedad subdesarrollada.

Tenemos muchas razones para envidiar a los alemanes y los alemanes tienen algunas para pensar que no son tan maravillosos.

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