José Ignacio Rufino

Un mundo ya de ayer

El giro radical de las pautas económicas trasciende a otras facetas sociales, generando oportunidades

HACE un par de años, tras la recomendación de Carlos Colón en una de sus columnas diarias, me hice con un ejemplar de El mundo de ayer, la autobiografía de Stefan Zweig, reeditada con esmero por El Acantilado. Este libro –cómo llamarlo– maravilloso, su último libro, vio la luz después del suicidio del escritor austriaco en 1942 en Brasil, adonde se había retirado y desde donde asistió, sin poder soportarlo, a una nueva escalada de crueldad humana, que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial. Los dos convulsos periodos prebélicos que vivió Zweig fueron demasiado para su exquisito y clarividente espíritu, que ya había descontado una vida apasionante, ora distinguida y aburguesada, ora perseguida y humillada. Mi deuda –aún pendiente– con Zweig databa de una infancia en la que una costeada edición de sus biografías pasó año tras año en una estantería del salón familiar, sin demasiado éxito de público, segura y somnolienta en su firme anaquel. En cierto modo, una metáfora de cualesquiera tiempos felices. Recuperemos una frase de esta obra: “Las catástrofes que pudiesen ocurrir en el exterior no atravesaban las paredes bien revestidas de la vida asegurada”. Descartando suicidios y aun muertes, y dudando sobre lo ajustado de trasladar la palabra “catástrofe” a la situación que atravesamos, sí parece justo afirmar que nuestro mundo está amenazado, amenaza descubierta de forma repentina y todavía no digerida.

Muchas cosas van a cambiar; no todas para bien. Las seguridades de desvanecen. Asistimos a una quiebra de certezas en lo económico que se trasladan a otros ámbitos. Catarsis y purificación, pero también desazonadora incertidumbre. Debemos creer que en este giro copernicano de pautas en las actividades y relaciones mundiales hay oportunidades de mejorar las cosas, o al menos de evitar las tendencias míster Hyde que están destrozando el medio y la convivencia de las personas. África y la pobreza extrema; la producción y el uso de la energía y el agua; las migraciones; la violencia creciente de alto y bajo perfil; la educación de nuestros niños; la búsqueda de un modelo de crecimiento posible y sostenible; la imposibilidad de ampliar la holgura material occidental a chinos, indios, brasileños u otros habitantes de países económicamente emergentes; la radicalización y el odio religioso.

Si cerramos el foco, la xenofobia crece en España de la mano del miedo al futuro. En real convergencia con Europa, más pronto que tarde surgirá una ultraderecha de corte populista en nuestro país –quizá con sus lugareñas versiones autonómicas–, que no sólo provendrá de la derecha radical que habita silente en el PP, sino en capas de votantes del PSOE y otra izquierda que se ven desposeídas de trabajo y de perspectivas. Los índices apuntarán al negro, al moro, al sudaca. Ligado a este atajo intelectual, tan peligroso como común, están hechos como los de esta semana: comandos de asalto rumanos (alternativamente, sicarios colombianos, mafias rusas o kosovares sin piedad) desvalijan por la fuerza casas por toda la geografía nacional. Importamos los mejores futbolistas, y también chorizos con palmarés de champions. Coartadas perfectas para el odio racial, ante el que es difícil mantenerse firmes dado lo fácil y natural que es odiar “al otro”.

Pero hay algunas luces, y no se trata de voluntarismo de buen cristiano o de profesional de la esperanza. Menciono un ejemplo bajando la pelota al suelo: la construcción en Andalucía sí parece haber tocado fondo. Ese ascensor en caída libre sí parece no correr riesgo de un nuevo arreón hacia abajo. Una necesaria depuración de un sector en el que abundaban médicos, abogados, entrenadores de fútbol o cantaores de bulerías, metidos a promotores y constructores al olor de la rica miel y del préstamo gratis. Las cosas vuelven a su ser, que ya es algo. Aun así, en lo económico y en todo lo demás, el mundo que conocemos es ya un mundo de ayer.

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