El micro-ondas

Agustín Martínez

El sheriff Torres

SE acabó! Con esa contundencia el sheriff Torres se calzó las espuelas y se ajustó las cartucheras a la cintura. "Ningún forastero cruzará el Genil, para adueñarse del OK Corral". Ni whisky, ni calimocho -pensó el sheriff- para esa basura que ensucia Granada City. Torres revisó su canana, mientras maldecía para sí a jueces y fiscales pusilánimes, incapaces de proteger su ciudad de las bandas de cuatreros y maleantes que periódicamente se citaban en ella para asistir a los rodeos convocados a través del Poney Express. Con su estrella de cinco puntas reluciendo sobre el pecho y los revólveres bien cargados de ordenanzas y bandos, el sheriff Torres, Pepe Torres, aprovechó el inicio de las obras del pasto de la Chana para advertir a todos los indeseables de las ciudades vecinas que en Granada City no se iban a consentir más correrías. La ciudad quedaba cerrada y el OK Corral dispuesto para el duelo contra aquel que osara retar al revólver más rápido en este lado del Gualdalquivir.

En la soledad de tan trascendental momento, el sheriff recordaba con nostalgia cómo sus muchachos le habían organizado a su antecesor Moratalla una fiesta country a la puerta de su residencia. "Eran otros tiempos", pensó Torres, quien maldijo el momento en que se le ocurrió invitar a sus chicos a disfrutar de la fiesta de la pradera que tan bien había organizado en su ciudad. No hubo asomo de arrepentimiento alguno cuando repasó su decisión de construir el OK Corral, para que los cowboys de su ciudad tuvieran un adecuada lugar de esparcimiento donde consumir el "agua de fuego" a un precio más razonable del que se dispensaba en los saloones que jalonaban sus calles. "¿Y qué?", se preguntó, "si mis chicos beben donde me dé la gana mientras, nadie venga de fuera a revolverme el gallinero". Un acceso de cólera le invadió al recordar a fiscales y jueces y la forma en que habían traicionado su concepto de "la ley soy yo". No es de extrañar -pensó- que el país se estuviera yendo al garete con semejantes tibios. Claro que para mano dura él se sobraba y bastaba.

Qué decir de los gacetilleros que, en lugar de besar por donde su sheriff pisaba, sólo se dedicaban a hurgar en sitios que nada importaban a los ciudadanos de orden a quienes él protegía.

A lomos de su corcel abstemio Torres decidió imponer la ley seca en la ciudad. "Se van a enterar", pensó mientras caía en la cuenta que muy cerca del OK Corral la caravana del Rocío tenía autorizada una acampada en la que las bebidas no diferirían demasiado de las que consumían los indeseables a quienes había decidido prohibírselas. Claro que -concluyó- unos votan y a los otros los botaremos, aunque para ello haya que alambrar la ciudad y llamar al Séptimo de Caballería… Continuará.

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