El que apaga la luz

Federico Vaz

Un sindiós

DIOS no existe, pregona Stephen Hawking -el pobre ya casi tampoco- y se monta la de Dios es Cristo. Los creyentes tienen una infinita capacidad para sentirse ultrajados, están a la que salta; y sacan provecho de ello tanto las sectas que gestionan la creencia en Dios como la editorial que publica el próximo libro de Hawking, suministrando un avance seleccionado para incordiar a los susceptibles. Todo muy rentable.

Algo no va bien en las cabezas de quienes tanto se ofenden. Si un predicador nazi anuncia la quema de coranes en su jardín -según el ejemplo del cardenal Cisneros, psicópata mitrado que los hacía arder a cascoporro en la plaza de Bib-Rambla- vemos claro que está flipado, pero asumimos que dicha fogata haga a cientos de tarados brindarse a volar por los aires llevándose por delante a unas docenas de infieles. Y no es normal habituarse a ello; a esos locos habrá que encerrarlos.

De los científicos que se citan a raíz del combate Hawking vs. Dios, subrayo las palabras del Nobel de Física Steven Weiberg: "Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión". A dirigir y rentabilizar esa maldad de los buenos se dedican las religiones organizadas, buscando imponer su modelo a cualquier forma de organización que adopten los ciudadanos. Constituyéndose en poderosas empresas, el cristianismo ha adoptado el modelo capitalista, es decir, las corporaciones controlando los mecanismos de decisión de un Estado débil, el lobby minando la democracia. El Islam, en cambio, opta por el modelo totalitario, fundiéndose con el poder político para imponer por la fuerza la obtusa ley religiosa. Los judíos se decantan por uno u otro modelo según su extremismo.

Propio de las religiones es la desfachatez con que se pasan por el forro las pruebas empíricas de su engaño, ya vengan de Darwin o del carbono 14, pero se ven acorraladas por un pensamiento científico que gana el espacio ocupado por el dogma, refugio de mentes perezosas. A primera vista Hawking apenas plantea nada que no formulara ya en Historia del tiempo: un universo sin principio ni final en el tiempo y el espacio, y sin lugar para un Creador. Al pensamiento religioso le quedaba el recurso de mantener que los conceptos de Dios o alma son invulnerables al estudio empírico, no son confirmables o descartables mediante la experiencia: La teología fuera del alcance de la ciencia. Pero en el avance de El gran designio, el ensayo por aparecer de Hawking, hay una novedad no menor. No es lo mismo un universo con creador que sin él, y por eso la teología no es inmune a la física. La demostración de un universo que se ha creado a sí mismo negará necesariamente la existencia de dicho creador. Esto es un sindiós.

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