Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Y sí, tomamos Berlín

Suele aconsejarse que si fuiste feliz, o así te recuerdas, en un lugar lejano en el espacio y en el tiempo, no deberías volver a él con el paso de los años. El paraíso de la memoria no sólo puede ser eso, paradisíaco y por tanto idealizado, sino que puede vengarse con alguna desilusión si osas querer revivirlo: no toques los buenos recuerdos, pues. Pero el propio tiempo te convierte en alguien que, por ejemplo, tiene hijos, y es una tentación llevarlos allí y hacerles de cicerone en un lugar del que sólo guardas la versión antológica. Pongamos que hablo de Berlín, una metrópolis -la Bauhaus de Weimar y el vienés Fritz Lang dieron gloria a esa palabra- que sigue siendo rutilante, ejemplar en la urbanidad, caleidoscópica, culturalmente sobresaliente, arquitectónicamente incomparable. Habrán tenido esa sensación de canción okupa, un estribillo que se te instala en el cerebro. Recordarán aquella de Leonard Cohen: "Primero tomaremos Manhattan, luego tomaremos Berlín". Me ha dado el viaje, y mira que es un temazo.

Ilustremos la sensación con el uso turístico del Muro, que cayó hace casi treinta años. East Side Gallery es un trozo superviviente de aquel Muro que ha ido siendo dedicado a grandes murales sucesivos de pintores de toda tendencia (y calidad), que sufren el impacto narciso de grafiteros de los de ensuciar con su narcisa rúbrica: Banski no hay más que uno. El sitio turístico -no busquen un berlinés allí, si no es ganándose la vida- está cerca del llamado Checkpoint Charlie por el que Este y Oeste del Telón de Acero filtraban el paso de personas y más de un agente doble. Al atardecer se llena de turistas a un móvil pegados, y no creo que sea pedante afirmar que en su inmensa mayoría están ajenos a la Guerra Fría o a la implicación que sobre los equilibrios mundiales tuvo la caída de la URSS ("¿La qué?"). El paseo se convierte en una bacanal de la foto temática con un toque de pop o denuncia, y sobre todo del autorretrato (piénsenlo y convengan conmigo: ¿no es el móvil la clave del turismo low cost? El asunto tiene un peluseo antropológico: el smartphone ha mandado al pasado a las preguntas de orientación al nativo, tan nutritivas, y a muchos guías y traductores). También se ligotea a la orilla del contiguo río Spree, o eso quisieron ver mis ojos. Es una delicia, en el fondo… pero para los turistas virginales, que no tienen paraísos de la memoria aún. Propongo un colofón metafórico y de corte ilustrado al asunto: "Todo por el Muro, pero sin el Muro". ("Papá, tío, estás cada día más protestón", "Qué quieres, hija; después del Pérgamo, ¿esto?")

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