la esquina

José Aguilar

¿De verdad están arrepentidos?

SERÁ por las ganas que tenemos de superar la pesadilla terrorista o porque la democracia está a años luz de sus enemigos también en generosidad y capacidad de perdón, pero el caso es que no paramos de patinar y precipitarnos en materia de olvido y buena voluntad. Unos más que otros, ésa es la verdad.

El domingo pasado el periódico más influyente del país subrayaba en primera página que un relevante etarra había confesado en una conversación carcelaria que la banda terrorista tendría que abandonar la violencia para lograr sus objetivos. Días después el mismo individuo demostraba, como acusado en un juicio, que no está para nada arrepentido de los crímenes que cometió. Allí hizo ostentación de la jactancia del asesino y el contento fingido de los terroristas cuando no están solos en sus celdas.

Si ahondamos en el tema percibimos nuestro error de partida. Salvo contadas excepciones, los terroristas presos que desde hace años se han desentendido de la lucha armada -logrando beneficios penitenciarios que se les conceden porque interesa objetivamente al combate contra el terror- no se han arrepentido nunca de lo que hicieron. Jamás se plantean que matar inocentes es en sí mismo una canallada en cualquier momento, sino que en la actual coyuntura no conviene a los fines perseguidos. No se trata, la suya, de una consideración moral sobre el valor de la vida ajena, sino de un cálculo político en función de las circunstancias. Simplemente, piensan que en 2011 el asesinato no les sirve para la liberación de Euskal Herria. Pero siguen pensando que antes sí valía. Casi todos los años, salvo los de tregua, desde hace cuarenta. No hay en ellos contrición ni pesadumbre, que es lo que quiere decir arrepentimiento, sino conveniencia.

Lo mismo sucede, a otro nivel, con los agentes políticos que han servido a ETA. Ha bastado con que cambien de nombre y presenten unos estatutos a la medida de la legalidad democrática para que nos creamos -sobre todo, el Tribunal Constitucional- que su conversión es sincera, que se han apartado de la disciplina etarra, que nunca más ampararán la violencia y que ya son demócratas como el que más. Desgraciadamente no han tardado mucho en estropear este optimismo. Ya hemos visto y oído para qué quieren el poder que han obtenido en las urnas, qué concepto tienen del respeto a las leyes que es la base de la democracia y cómo enfocan el llamado conflicto vasco: un problema entre dos bandos igualmente violentos que deben negociar para salir ganando ambos y ayudar a que acabe el sufrimiento de las víctimas y de los que están presos por causarlas.

¿Y saben qué les digo? Lo que hemos visto y oído estos días apenas es un aperitivo de lo que aún nos queda por ver y oír.

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