Tribuna

alfonso lazo

Historiador

Damocles

Damocles Damocles

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Creo que era por el mes de noviembre de 1988 cuando, durante una conferencia en la Fundación Gramsci de Bolonia sobre la España de las autonomías, fui interpelado por la mujer de Achille Occhetto, secretario general del Partido Comunista Italiano: "¿Y por qué -me espetó- piensa usted que una estructura autonómica del Estado es más democrática que otra centralizada?". Se me cayeron las escamas de los ojos: sí, por qué. ¿Quién ha dicho que la centralizada Francia tenga una democracia de menor calidad que la federal Alemania?

Reconozcamos nuestros pecados. Reconozcamos de una vez el ruinoso fracaso del Estado autonómico. A los mismos que se escandalizan si Donald Trump reclama "primero, Estados Unidos" los vemos reclamando "primero, Cataluña", "primero, Madrid", "primero, Murcia" o "primero, Andalucía". Hemos roto la solidaridad entre las regiones y la unidad económica de la nación a cambio del clientelismo de los gobiernos autónomos. No soy un iluso: sé que las autonomías son un hecho irreversible, pero creo que aún estamos a tiempo de paliar sus más desastrosos efectos empezando por donde tales efectos se han hecho intolerables; empezando por Cataluña.

Se escucha estos días un lamento universal porque el intento golpista de Puigdemont, Junqueras y Forcadell, y su posterior triunfo electoral del 21 de diciembre han partido la sociedad catalana por la mitad. Me atrevo a disentir de esas lamentaciones. Dejó escrito Isaiah Berlín que existen problemas sociales y políticos que no tienen solución; yo creo que la sociedad catalana dividida a un 50% entre separatistas y defensores de la unidad de España es uno de esos problemas, aunque también pienso que esa falta de salida hace del todo imposible que un día en Cataluña se llegue a la secesión. Ningún Gobierno autónomo, por sectario y fanático que sea, puede permitirse el lujo de una confrontación directa con la mitad de la ciudadanía. Es como una espada de Damocles balanceándose sobre la cabeza de quienes intenten de nuevo romper con el resto de España. Mientras más totalitaria sea la política de la Generalitat, y más presión ejerza sobre la mitad que quiere seguir siendo española, la división en dos de Cataluña, lejos de ser una desgracia, es la única manera de evitar el aplastamiento definitivo de los que no comulgan con un nacionalismo virulento. Desde la Segunda República hasta hoy lo que más teme el separatismo de barretina es el encontronazo de las dos mitades que siempre han existido en la región. Las gigantescas manifestaciones de banderas españolas por las calles de Barcelona no lo olvidarán nunca los separatistas: la peor de sus pesadillas hecha realidad. Lección aprendida.

Quien no aprende es Pedro Sánchez: cuidadoso de no romper los puentes con los escaños nacionalistas, pues ellos pueden permitirle entrar en la Moncloa, insiste continuamente en "acabar con la política de bloques en Cataluña". Pero en política, si un grupo de partidos forma un bloque (separatistas) mientras los partidos de enfrente (constitucionalistas) se encuentran divididos, las elecciones siempre las ganará el bloque. Por eso debe hacerse justo lo contrario de lo que Sánchez propone.

Hay que salir a las calles de Barcelona, hacer visible la bandera rojigualda cada vez que se presente la ocasión; no achantarse, no dejar pasar la más mínima infracción de la ley, sobre todo en las escuelas; no dejar abandonada a su suerte a la mitad de los catalanes, inundar el territorio autónomo de mareas. No estoy pidiendo la confrontación social; todo lo contrario: una pacífica, legal y legítima exhibición de músculo que evite lo peor y lleve a la convivencia y tolerancia mutuas. Así fue cómo la Guerra Fría (igualdad de fuerzas enfrentadas) evitó una tercera guerra mundial llevando a la coexistencia pacífica. El mucho amor del buenismo no soluciona problemas enquistados. Si a las elecciones de diciembre hubiesen acudido en lista única PP, PSOE y Ciudadanos es muy posible que hoy Arrimadas fuera la inquilina del palacio de San Jaume.

En cualquier caso, y partiendo de la actual situación, Moncloa mantiene dos poderosos recursos para hacerse escuchar: un 155 aplicado de verdad, y la llamada Alta Inspección Educativa a fin de impedir el adoctrinamiento de niños y adolescentes en las aulas. Temo, sí, que de no actuar con valentía en muy poco tiempo el 50% de separatistas se transforme en un 70 o un 80%. Entonces, la secesión estaría servida y hasta la Unión Europea no tendría más remedio que aceptarla.

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