Sin rastro del 'burnout'

Laura cada día va andando a su colegio. Le sobran dos minutos de cinco en un camino en el que huele a árboles y flores. En el aula le aguarda su maestro y doce compañeros más cuyas alturas varían de entre el metro y el metro y medio. Laura tiene 8 años, va a un colegio rural y está orgullosa de ello. Sus padres, Manuel y Pilar, han sido los encargados de inculcarle que no tiene nada que envidiar a un alumno 'de ciudad', "donde los niños están más picardeados".

Los alumnos se llevan muy bien, no entienden las noticias que salen en televisión en las que los niños se pelean y lo graban en móviles. A Laura le dicen que aún es muy pequeña para usar un teléfono móvil.

Lo que menos le gusta a Antonio, de 5 años, es que no tiene amigos de su edad en clase y los mayores, normalmente, 'pasan' de jugar con él.

Su profesor, Enrique, sin embargo, sí le compensa con bastante tiempo más del que le dice Manolo, su colega de internet (al que ha conocido en clase de Nuevas Tecnologías y que estudia en un colegio de ciudad), que le presta su maestro, en una clase de más de 30 alumnos.

Hoy celebran la fiesta de fin de curso. Es un gran acontecimiento, al que acuden el alcalde del pueblo, la concejal de Educación, los alumnos, los profesores y los padres. La madre de Laura está muy contenta de que su hija vaya a un colegio rural porque supondría para su familia "mucho gasto" enviarla cada día a la ciudad, aparte del trastorno de horarios. Cree, incluso, que no sería posible, si quitaran la escuela.

El trabajo del campo es muy sacrificado y hay que empezar muy temprano, cuando aún hay rocío, para luego terminar antes de que el calor entre los árboles se haga insoportable. A veces, Clara tiene que faltar a clase, pero eso es sólo "cuando hay cosecha".

Lo que más le gusta a Antonio de su escuela, es que hacen más excursiones que en colegio 'urbano' de Manolo. Este año han salido seis veces. El próximo curso sus padres le cambian a la población más grande (de 26.000 habitantes) que hay en los alrededores. Espera que en el nuevo colegio pueda hacer muchos amigos y, a ser posible, de su edad, aunque sabe que, en el fondo, echará de menos a su pequeño colegio, de tan sólo tres aulas.

Entre los profesores, el burnout (síndrome del quemado, una clase de estrés muy común), ni rastro. Tan sólo pone un poco nerviosos el hecho de tener que desplazarse a tres poblaciones distintas para impartir la misma asignatura a tres grupos de edades diferentes. El desgaste del coche, dicen, no lo paga nadie. Y también algo de inquietud existe cada año cuando llega el plazo de matrículas, pues nunca saben si van a llegar al número mínimo de 5 para poder continuar un curso más.

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