El día grande de un barrio

  • El Albaicín se llena de turistas y granadinos el Jueves Santo

  • Bares y terrazas hacen su agosto gracias a una jornada de sol y temperaturas casi estivales

Una estampa lorquiana. El empedrado granadino saltando del negro al blanco, la luz cayendo a chorros en vertical, olor a verbena en las calles, a asueto y a flamenco gitano. ¿Dónde? Ayer fue Jueves Santo y el medio natural es, sin lugar a dudas, el Albaicín.

Por la calle Panaderos se lanzan los pasos hacía plaza Larga. Se abre un oasis en el incesante tráfico de gente. Un hueco alargado entre las callejuelas que se vierten desde ambos polos del barrio. Bares, terrazas, un mercadillo y gente, mucha gente.

Avanzando unos pasos la estampa lorquiana se completa. La Porrona, 35 años comisariando la Plaza Larga. Ayer sentada en una silla a las puertas de su bar, que lleva su nombre, contempla elegante y poderosa cómo su terraza rebosa y disfruta de estos recién instaurados días de sol.

"El ambiente está muy bonito porque tenemos muy buen tiempo" elogia el ambiente La Porrona que sonríe abiertamente al declarar que es lo esperado, ayer fue día de procesiones. En cuanto al movimiento de gente, cuenta que se ha notado el incremento de tránsito y a continuación recuerda las semanas en las que el tiempo no acompañó al turismo. "Llevamos un mes y medio en que no había más que agua y ahora aprovechamos estos días para pagar las trampas", explica.

En la terraza de La Porrona, así como en el resto de la plaza se pueden ver grupos de todo tipo: desde familias enteras que han salido a disfrutar de un día clave en el Albaicín más castizo, grupos de jóvenes tanto locales como turistas o parejas de ancianos que han salido de sus casas a pocos metros del enclave para tomar "su caña del mediodía", explican.

Ayer por la mañana se intuía el fervor que más en horario de tarde se apoderó del barrio de origen y diseño árabe granadino. La Semana Santa discurría entre las callejuelas aunque aún no era el olor a incienso lo que marcaba la ley. La devoción estaba presente, pero la curiosidad por este ambiente vernáculo también estaba, sobre todo en los turistas -en su mayoría nacionales- que se asentaban para disfrutar de los lugares más representativos.

Por la tarde el status quo se inclinaría del todo hacía la Pasión, las procesiones que colmaron el barrio, las velas, el incienso y todo el ajuar de elementos simbólicos que conforman estas fechas. Pero las mañanas dan para mucho y la del jueves Santo es preparatoria.

Para la hora de ir a comer, o tomar el aperitivo previo lo elegido fueron terrazas por supuesto, como las de la mencionada plaza Larga, la de San Miguel Bajo o la aledaña a San Cristóbal. Todas a rebosar e incluso con gente esperando, como el grupo de granadinos que aguardaba en el entorno de San Cristóbal. De punta en blanco, por supuesto, confesaban que viven la Semana Santa intensamente, salen "diariamente". "Hoy sí vamos a pasar el día entero fuera", cuentan, aunque el resto de días salen sobre las 18 horas y ya "hasta las 2 de la mañana o por ahí". Jornada completa.

El grupo confirmaba el espíritu de esta crónica: "el Albaicín siempre está a tope el jueves". Y en cuanto al sabor especial de esta ciudad en la Semana Santa, explicaban que "como Granada no es una ciudad para verla sino para vivirla pues estamos disfrutando".

El turismo nacional también se dejó notar ayer. Una pareja de Bilbao, Mireia y Aitor, confesaban que aún no habían visto ninguna procesión, aunque de lo que sí habían disfrutado ya era de la sierra, explicaban mientras señalaban la mole blanca tras la Alhambra como si fuera una obviedad el motivo de su viaje. "Hemos estado dos días esquiando y hoy (por ayer) hemos bajado a Granada". Ha sido la primera vez que esta pareja visitaba la ciudad y de lo que más se sorprendían era de "la cantidad de gente que hay en la calle".

El Jueves Santo, el día grande del Albaicín colmó las expectativas de empresarios, turistas y granadinos que aprovechando los inusitados grados de más convirtieron la jornada en una fiesta de más de 12 horas. Otro ladrillo más en el mantenimiento de una tradición centenaria.

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