De las primeras representaciones a la espiritualidad tridentina

  • Las fuentes de inspiración suelen ser los Evangelios, sobre todo los que ofrecen una descripción más detallada: Lucas y Mateo.

LA palabra "paso" hay que relacionarla, en su etimología griega, con la significación de pasión, dolor, sufrimiento. De ahí paciente y patético. Se define también como suceso notable de la Pasión de Jesucristo, o como figura o grupo que representa algún pasaje de la Pasión de Cristo, según los textos evangélicos.

Las primeras representaciones plásticas de la Pasión se remontan nada menos que al siglo IV; están en la serie de sarcófagos paleocristianos conocidos como de "La Pasión"; sarcófagos como el de Junio Basso, en donde aparece ya el momento de la Entrada de Jesús en Jerusalén; o el sarcófago número 171, del Museo de Letrán.

Escena tan significativa por su trascendencia, como la Crucifixión, aparece por vez primera en las puertas de la Basílica paleocristiana de Santa Sabina, en la ciudad de Roma (siglo V). Las fuentes de inspiración de estas representaciones suelen ser los Evangelios, sobre todo los que ofrecen una descripción más detallada de la Pasión: Lucas y Mateo.

La espiritualidad tridentina perseguía instruir a los fieles en el modo más correcto de venerar las imágenes con decoro y sin escándalos. Las representaciones iconográficas tenían una triple finalidad: didáctica, catequética y exegética. Los imagineros competían en sus talleres; seleccionaban el material, depuraban técnicamente el empleo de la madera policromada y estofada, procurando conseguir el adecuado color encarnado para las carnaciones con todos sus matices; añadían mezclas de rojo-sangre y morado-cardenal para las heridas; y utilizaban frecuentes y abundantes adornos y abalorios postizos: ojos y lágrimas de cristal, espinas, pelucas y pestañas, cuchillos metálicos, etc. como esas siete espadas de dolor que se clavan en el corazón de la Dolorosa (los siete dolores).

Se trataba de introducir al creyente en el ambiente de la época por medio de lo sentimental, lo atractivo, lo anecdótico, lo visual, lo efectista, pero procurando no desvirtuar la devoción ni el recogimiento. Buena nota de ello tomaron los grandes imagineros de nuestra Historia del Arte, desde Berruguete, Gaspar Becerra, Juan de Juni, Pablo de Rojas, Martínez Montañés y Gregorio Fernández a Alonso Cano, Mora, Pedro de Mena, Ruiz del Peral, Salzillo, etc.

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