Julián, un sevillista por el mundo

"Les he dicho a mis jugadores que disfruten de un partido ante un rival de categoría. Recibir en este país a un equipo como el Sevilla, con la tradición que tiene, las figuras que tiene y con lo que ha conseguido en los últimos años… Va a ser un espectáculo que la gente de aquí no va a olvidar nunca". Así se expresaba ayer Julián Rubio en su recepción a la expedición sevillista en una improvisada rueda de prensa en el hotel de concentración.

Racial, distinto, siempre a corazón abierto... Julián Rubio (Montealegre del Castillo, Albacete, 28-02-1952) es un sevillista, gran sevillista, por el mundo. Díscolo e incorfomista ya como jugador, con una aventura de dos años en el Barça de Asensi o Rexach, una dilatadísima carrera como entrenador que tuvo otra parada en Bolivia (Bolívar), que no acaba y que, a sus 60 años, se detiene en la liga albanesa, le permite reencontrarse con uno de los clubes de su alma -el otro es el Albacete, al que dirigió en cinco etapas distintas- precisamente en su estreno como técnico del Flamurtari, en el que apenas lleva una semana. Su fichaje llegó al haber triunfado con el Tirana, al que llegó en situación de derribo, económicamente en la miseria y con el que ha ganado dos supercopas y una Copa albanesa, y un tercer puesto en la liga.

Rubio entró en la historia del Sevilla al dirigir al primer equipo en la temporada 97-98, la del primer descenso de la era moderna, después de no poder lograr la permanencia cuando asumió el cargo en la jornada 27 tras la espantada de Bilardo, que suplió a Camacho y sólo aguantó cuatro partidos.

Con la afición de su parte, siguió al frente del proyecto siguiente en Segunda (comenzó con tres triunfos consecutivos), aunque en clara discrepancia con la directiva que presidía Rafael Carrión, que tras una pretemporada de tiras y aflojas en la que llegó a presentar la dimisión, fue destituido en la sexta jornada.

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