sevilla - valladolid · A ras de hierba

Mensajes sin cobertura

  • El Sevilla incurrió en los pecados que lo condenan a no conseguir los objetivos año tras año. El enfado y la desconfianza de la afición respecto al equipo tocó techo.

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Las reuniones antes de los entrenamientos, los mensajes institucionales de crítica o de ambición anunciando el retorno del Sevilla a la máxima competición continental más pronto que tarde, tienen en el Sevilla un efecto similar al de la gaseosa. Espolean mínimamente a los jugadores, pero su duración es muy reducida. Sólo hace falta que un equipo ponga una pizca más de intensidad que el Sevilla, que no es complicado ya que los jugadores de Míchel sólo ponen interés en citas de enjundia, para que todo el castillo de naipes se venga abajo.

La excusa de quedarse con diez jugadores para justificar el ser humillado en el Calderón se puede entender en un ejercicio de bondad. Era un rival que ahora mismo está a años luz del Sevilla, en cuanto a plantilla e idea de juego, era un campo complicado y fuera de casa es difícil sobreponerse a esas circunstancias. Salir dormido en tu casa, cuando tienes que demostrarles a los tuyos que fue un accidente y quieres redimirte es injustificable. Del mismo modo que es injustificable detectar como principal problema del Sevilla de antaño el jugar sólo con dos hombres en el centro del campo y reincidir en el error.

Para este cambio de sistema sirven de excusa las bajas, pero no es menos cierto que el Sevilla contaba este lunes con dos centrocampistas en el banquillo, Kondogbia y Campaña, y con otro que se quedó sin vestir, Javi Hervás. Míchel dijo a mediados de la semana que la charla del lunes en el vestuario sevillista aclaró muchas cosas. Principalmente, aclaró que los futbolistas parecen haber asumido el mando de un vestuario en el que el mensaje del madrileño ya ni siquiera cala para que los suyos salten al campo con la intensidad mínima que un partido de Primera merece. Ni más ni menos que lo que hizo el Valladolid.

La ausencia del centro del campo, las internadas inútiles por las bandas, los rebotes que siempre favorecían al rival , el juego previsible... Nadie se hubiera extrañado si de pie en la banda, en lugar de Míchel, hubiera estado Marcelino, Manzano o Antonio Álvarez. La única diferencia con aquellos Sevillas era el nombre de algunos jugadores. Otros muchos siguen y, como es lógico, no han cambiado ni un ápice su juego.

Pocas cosas se pueden sacar en positivo de un partido que vino torcido desde el mismo momento que se decide inventar y modificar lo que, en ocasiones más o en ocasiones menos, había funcionado. Mención especial a la casta de Reyes. No es el futbolista que deslumbró hace once años con su golazo al Valladolid. Aquel Reyes era un niño y éste es un hombre. Aquel Reyes era rápido, éste se basa más en su calidad que en la velocidad. Pero aquel y este Reyes son honrados y les duele la camiseta que los ha hecho triunfar en el mundo del fútbol.

En el debe, la indolencia, la enésima expulsión de Medel, la lectura del partido, tanto en la previa como en el desarrollo... Demasiadas cosas para un equipo que, según su presidente, retornará a Liga de Campeones, pero que anoche presentaba un banquillo en el que la media de edad de los jugadores de campo era de 20,5 años.

Y, como es lógico, la afición estalló. Pitidos en la primera parte, cuando el equipo se marchó al vestuario en el descanso, cuando volvió al terreno de juego y cuando el árbitro pitó el final. Los valientes que desafiaron el frío y los horarios televisivos estallaron y el divorcio entre afición, plantilla, cuerpo ténico y directiva es evidente. El sevillismo sabe que los laureles sólo se pueden reverdecer a base de trabajo, y trabajo es lo que exige. El tiempo de los mensajes ya pasó, no han tenido efecto y es necesario un cambio de rumbo, aunque nadie sabe muy bien cuál elegir. Y este miércoles llega una junta general de accionistas en la que, por primera vez en la era Del Nido, se presentarán pérdidas y en la que, también por primera vez, se intuye que habrá voces críticas hacia la gestión del club. Turno de nuevo para los mensajes, con la salvedad de que la paciencia parece estar más que agotada y la confianza, tanto la que se transmite desde la entidad como la que se genera espontáneamente, está con la luz de reserva encendida.

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