Unos esprintan, otros sólo trotan (4-0)

  • El Sevilla culmina su semana negra al hacer de nuevo el ridículo ante un Valencia lanzado

  • El equipo de Berizzo carece de la velocidad mínima

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Batacazo tras batacazo. El Sevilla de Berizzo culminó su semana negra con un nuevo ridículo, esta vez ante el lanzado Valencia de Marcelino, que lo borró del campo durante todo el litigio y lo humilló incluso con los dos tantos finales de Santi Mina y Guedes. Fue una nueva demostración del quiero y no puedo del cuadro nervionense cuando se cruza en el camino con rivales de cierta entidad y la razón, al menos esta vez, también el martes contra el Spartak de Moscú, es bien fácil. Los rivales esprintan, corren que se las pelan en pos del balón, se desmarcan, buscan los espacios, desplazan la pelota con prontitud, algo que no casa para nada con la actitud de los sevillistas, que sencillamente trotan por el campo en busca de un pase fácil, de jugar con el compañero más cercano y ni siquiera se plantean que este juego se fundamenta en meter el balón entre los tres palos de la portería rival.

Así se escribe la historia contemporánea de este Sevilla de Berizzo. Es una versión muy empeorada del equipo que ya apostó por el toque en el curso anterior. Parece que lo único que le interesa es la posesión y esa estadística, lógicamente, no tiene más que un valor testimonial. Lo trascendente, lo único que importa en lo relativo a los números en el fútbol, es la cantidad de goles que se consignan en el acta arbitral, y las cuentas, en ese sentido, son cruentas: nueve goles en contra en los dos últimos partidos, sólo uno a favor.

Pero todas las cosas son consecuencias de algo y también conviene apuntar con rapidez la diferencia existente a la hora de manejar los automatismos del fútbol entre el Valencia de Marcelino y el Sevilla de Berizzo. Uno, a estas alturas del curso y a pesar de haber sido confeccionado también con futbolistas absolutamente nuevos, conoce el estilo de juego que quiere su entrenador; el otro tal vez lo conozca, pero está tan confuso con tantas permutas en la alineación de un día para otro que vive en una nebulosa de la que no es capaz de salir.

Esta vez Berizzo sólo realizó tres cambios respecto al equipo que afrontara el minuto uno de la cita europea con el Spartak de Moscú. Franco Vázquez, Jesús Navas y Muriel eran los únicos que no salieron el martes y sí lo hacían en la alineación inicial de Mestalla, pero otra vez se volvía a quedar fuera quien había sido uno de los menos malos en la noche moscovita. Claro que me estoy refiriendo a Sarabia, a quién si no. El madrileño se quedaba de manera sorprendente en el banquillo en una de esas decisiones que cuestan trabajo entender, salvo que exista un problema físico para justificarla.

Con semejantes mimbres el Sevilla afrontaba la cita contra el Valencia con la intención de revertir la situación, pero bastó con que se sobrepasara el minuto uno en el cronómetro de Estrada Fernández para que ya se comenzara a intuir que eso era sencillamente imposible. Guedes se metió desde la izquierda hacia el medio por primera vez y ni uno solo de los sevillistas le salió al paso para, siquiera, estorbar su disparo. Afortunadamente para los visitantes, en esa ocasión el balón disparado con comodidad se dirigió hacia las manos de Sergio Rico.

Pero ya, desde el mismísimo arranque, estaba claro que unos jugaban con velocidad y los otros trataban de controlar el balón para llegar arriba. Y es justo reconocer que el Sevilla lo consiguió en las dos primeras acciones en las que lo intentó, pues después del disparo de Guedes tuvieron un par de llegadas Franco Vázquez y Muriel, ésta saldada con un chut precipitado y cómodo para Neto cuando el colombiano tenía opciones de hacer muchísimo más con el esférico. Después, en el minuto 8, hasta se produciría otro lanzamiento, esta vez de Banega, igualmente sin mayor peligro a las manos del guardameta local.

Fue todo lo que dio de sí el primer periodo para un Sevilla que, a partir de ahí, se conformaba con sentirse protegido con el cero a cero inicial. Pero todo era artificial, entre otras cosas porque los hombres de Berizzo casi siempre llegaban al balón después que sus adversarios y cuando lo tenían en su poder rara vez conseguían llevarlo hasta zonas en las que pudieran hacerle daño al Valencia. ¿Por qué? Entre otras cosas porque el actual Jesús Navas es incapaz de percutir contra el rival, de buscarle el uno contra uno y de, al menos, meterle el miedo en el cuerpo. Además, en la otra banda, Nolito sí lo intentaba, pero carece de la condición física mínima para lograrlo. Sólo Franco Vázquez, y a ritmo de diesel si se compara con las balas que tenía enfrente, lo intentaba, pero con nulo éxito a la vista de los acompañantes.

Otra cuestión también principalísima, esta defensiva, era la soledad de Pizarro en el eje. El medio centro debía acudir a demasiados sitios ante la escasa ayuda que recibía tanto por delante, léase Banega, como por parte de los extremos y, lógicamente, alguna vez eso provocaría el gol de las balas que tenía Marcelino en el campo. Fue en el mismo minuto que el sábado anterior en Bilbao, en el 43, Mercado salió de su zona, ya de central, la pelota le llegó a Guedes, quien dribló a Kjaer y Pizarro con suma facilidad para largar un zapatazo a la escuadra espectacular.

El Sevilla volvía a arrancar el segundo periodo por debajo y desde ese momento ya sería una demostración de impotencia. Y no porque no lo intentara, no porque no se manejara con el balón con cierto criterio, sino porque todo lo hacía a un ritmo en el que era imposible sorprender a Neto. Y si a eso se le suma que en los saques de esquina, numerosos otra vez, hace menos daño que el pescado en blanco... Todo era cuestión de esperar al golpe definitivo, al dos a cero, tanteo que rubricó Zaza en un error en cadena de Banega, que regaló el balón, y todos los que fueron entrando después hasta llegar a Kjaer, en su intento de tapar al italiano.

Con dos tantos de diferencia, ya era evidente que aquello volvía a ser un quiero y no puedo por parte de un equipo absolutamente noqueado. Salió Sarabia e intentó tirar de sus compañeros, pero ya era imposible, se jugaba a lo que quería el Valencia y Marcelino, que sabía que protegiéndose acabaría destrozando a un rival que teóricamente, al menos teóricamente, es directo. Es la diferencia entre un fútbol y otro, entre esprintar para dañar al adversario y trotar en la mentira de tocar sin sentido. Cuatro a cero, otro ridículo del Sevilla y Berizzo incapaz, hasta ahora, de hallar soluciones. Con los mimbres que le han dado, para que nadie se escape...

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