Sevilla - Valladolid · La Crónica

Cuando el fútbol señala a todos (1-2)

  • El Sevilla pierde de golpe su solvencia como local ante un Valladolid que aprovechó desde el minuto uno las dudas de un equipo sin cerebro. Diego López, sustituto inesperado de Palop, recibía dos goles que fueron una pesada losa.

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Como en el fútbol se reparten tortas para todo el mundo, las conclusiones que pueden extraerse del análisis de la derrota que firmó el Sevilla en casa -sí, en casa-, deben dejar en mal lugar a más protagonistas que simple y llanamente a los jugadores, quienes en el último mes han recibido puede que demasiadas, muchas de ellas merecidas por supuesto, pero a lo mejor no debidamente compartidas. 

El triunfo que se llevó el Valladolid este lunes del Ramón Sánchez-Pizjuán quizá pone todas las cartas boca arriba y desnuda maniquíes de escaparate, al tiempo que elimina tópicos que una vez más se demuestran que son vacíos y que muchas veces tienen que ver más con cualquier cosa menos con el fútbol. 

El Sevilla no se mostró tan solvente en casa como algunos, la inmensa mayoría, lo vestían. Los jugadores no fueron esta vez ese grupo sin alma, sin ambición y a merced del contrario, sino que corrieron en inferioridad numérica hasta el último balón para intentar arreglar el desaguisado en que se había convertido el partido. El problema estaba en que corrían sin saber hacia dónde. Y otro tópico: el de Reyes. El utrerano lleva varios partidos siendo un futbolista distinto al resto, arriesgando y remangándose, pero parece que, haga lo que haga, ha venido a llevárselo calentito. 

Sin Rakitic en el campo, Reyes se echa al equipo a las espaldas y da el paso al frente para hacer cosas que no le corresponden, pero acaba enredado y sin que nadie lo entienda. Por no entenderlo, no lo entiende ni su entrenador, que este lunes, es cierto que con muchas bajas, no supo resolver la partida de ajedrez en su planteamiento inicial. Todo lo más, sorprendió con una decisión que el tiempo dirá qué recorrido tiene para el manejo del vestuario cambiando a Diego López por Palop en la portería. 

En cuanto a fútbol, que si no lo han cambiado suele decidirse por el centro, no dispuso a ningún hombre capacitado para tener, retener y distribuir el balón como lo hace el único futbolista insustituible en este Sevilla, uno rubio que se llama Rakitic. Con una segunda parrilla de salida ideal para el contragolpe porque la conducción es, que se sepa, la mejor virtud de gente como Jesús Navas, Perotti o Reyes (también lo único que se le puede presumir a Rabello), pero con poquísimo contacto con el balón, el Sevilla se encontró con un equipo hecho para salir rápido jugando en casa, ocupando encima horriblemente mal los espacios y generando por ello continuas salidas de zona de sus futbolistas. 

No vale entonces la excusa de que el rival obtuvo el gol muy pronto porque ese gol, con menos de dos minutos transcurridos, viene como consecuencia de eso, que además no es la primera vez que ocurre en este Sevilla que dirige Míchel. Una pérdida que pilla mal escalonada a una pareja de medios que se supone que tienen que sostener al equipo con orden y la salida en falso de Cala para apagar un fuego que no es suyo. Diego López, en quien el entrenador había puesto los ojos de todo el mundo con su inesperada alineación, se veía con un gol en contra cuando ni se había ajustado el velcro de los guantes. 

Pero es que en fútbol pocas cosas son casualidad. Era imposible que el Sevilla pudiera tener el balón, suspirar y levantar la cabeza sin un jugador, ni uno solo, con la pausa y el fútbol suficientes, así que otra pérdida que provocó otro movimiento de piezas a causa de la nula visión táctica de los medios se juntó con una carambola que benefició al Valladolid al quedársele el balón suelto a Óscar delante de Diego López. Iban sólo doce minutos y el resultado era de 0-2. Como en el derbi, pero al revés. Y pudo ser peor si el gallego, a los 15 minutos, no evita el 0-3 en otro despiste que no aprovechó Manucho. 

Míchel, entonces, buscó más conducción y se supone que más verticalidad con Rabello, pero meneando el árbol en todas sus ramas. Cala, del centro de la defensa al lateral; Maduro, del eje a la defensa...; y Reyes, de organizador. Los aislados pañuelos que se vieron en la grada cuando el colegiado pitaba el descanso le daban escasa razón a Míchel a no ser por el balón al palo del debutante chileno. 

Y eso que el arranque de la segunda mitad fue voluntarioso y tuvo su golpe de suerte en el autogol de Manucho, pero aparecía el de siempre en estos casos. Medel, otra vez expulsado, arruinaba cualquier reacción posible aunque sus compañeros, sobre todo Reyes, lo daban todo por intentarlo. Y hasta llegarían ocasiones para el empate, como el cabezazo de Botía. 

Una derrota que requiere análisis menos simplistas que la simple intensidad. Y reflexiones, muchas reflexiones porque la clasificación lo exige. O debería exigirlo.

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