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Cuando el orgullo queda intacto

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Nunca sabe bien una derrota por mucho que el tópico hable de que existen algunas dulces. Perder siempre crea frustación, más cuando es por elementos exógenos, pero cuando uno cae derrotado habiendo dado hasta el último gramo de fuerza que el cuerpo acumula, al menos, la sensación del deber cumplido tranquiliza.

El deber cumplido y el orgullo. Porque el sevillismo tiene que sentirse orgulloso por varios motivos. Su entrenador parece haber dado con la tecla y ni los más agoreros llegaban ayer a las inmediaciones del Sánchez-Pizjuán haciendo cábalas sobre el tamaño de la goleada que los Messi y compañía endosarían al Sevilla. Los de Míchel compiten, dan la cara y, después, ganarán o perderán, pero el compromiso es indudable y eso ya es un paso muy importante si sacamos la comparativa con las últimas temporadas.

Orgullo por tener un portero que a sus 39 años es capaz de estirar el brazo para que ningún balón rompa las telarañas que habitan en la escuadra de su portería. Orgullo por un lateral derecho al que no paran de comparar con el que ha sido el mejor de la historia del Sevilla, pero que en estos momentos es una sombra de lo que fue. Cicinho es Cicinho. Ni Daniel ni nadie. Cicinho. Y está haciendo méritos más que suficientes para tener un nombre propio en el fútbol de élite.

Pero hay más motivos para que una sonrisa asome tras el más que lógico cabreo. El hambre con el que los sevillistas se lanzaron por cada balón dividido, la fe que absolutamente todos los profesionales que ayer vestían de blanco pusieron en todas las carreras, por inverosímiles que pudieran parecer, hace que las esperanzas albergadas sigan aumentando.

El Sevilla ya no es un alma en pena que deambula a impulsos por el césped. El armazón del equipo es sólido y, aunque suene repetitivo, es un equipo, como demuestran todas y cada una de las coberturas que los sevillistas se realizan unos a los otros.

Bien es cierto que todo esto no se acumula al casillero de puntos, que queda en el espectro de las sensaciones y que a final de temporada eso no contabiliza nada. Pero también es cierto que una Liga en la que por decreto el título se lo deben disputar Real Madrid y Barcelona y en la que los árbitros no tienen problema alguno en poner de su parte lo que haga falta para que esto sea así, no se puede esperar demasiado de partidos como el de anoche.

La diferencia de trato es tan abismal que quizás los periódicos, webs y televisiones deberían añadir a sus clasificaciones alguna señal que indicara al que la contemple cuántos partidos han jugado ya cada equipo con Barcelona y Real Madrid. Visto lo visto, sería lo mejor y que los aficionados de los equipos mortales asuman que su Liga consta de 34 partidos y se olviden de una vez por todas de los titanes.

Y Cesc Fábregas. Si hubiese una máquina para contabilizar los insultos que reciben los futbolistas, como las que miden las distancias que recorren, seguramente el ex del Arsenal la hubiese roto ayer. Y con razón. La relación del que fuera capitán del Arsenal con el Sevilla es curiosa. La primera vez que jugó en el Sánchez-Pizjuán fue con el Arsenal en la Liga de Campeones y recibió el aplauso de la grada cuando se marchó sustituido. No hubo un motivo de peso, quizás el único fuera que el Sevilla ganaba claramente ese partido, pero la gente aplaudió y punto, como ayer lo insultó por forzar la roja directa a Gary Medel.

Sería entrar en el terreno de la probabilidad el analizar qué hubiese sucedido si el chileno no es expulsado, pero lo que es seguro es que Cesc se está convirtiendo en ese jugador que genera odio no por lo bien que juega, sino por su aspecto provocador. Medel no le hizo nada, pero él fingió. Medel no es ningún santo, pero Cesc tampoco, como viene demostrando desde hace mucho. Si Kanoute lo agarró del cuello...

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