Villarreal-sevilla

Una reacción azul pastel (1-0)

  • El Sevilla maquilla su cuarta derrota consecutiva con un tímido cambio de imagen, tras una mala primera mitad, con el que soñó con empatar. Villarreal se distancia de los de Manzano en 10 puntos.

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La peligrosa dinámica en la que ha entrado el Sevilla, con cuatro derrotas consecutivas y un panorama negro en lo que queda de diciembre si no se producen refuerzos en la plantilla, da incluso para lo que le pasó ayer en El Madrigal, un escenario que empieza estar maldito para la entidad blanca y que tiene la especial habilidad de agudizar cualquier crisis con la que venga el equipo radicado en el sevillano barrio de Nervión.

Porque el Sevilla perdió ayer ante un rival directo, un rival que se le va ya en la Liga a diez puntos de diferencia, pero ante el que quizá mereció algún premio. No un gran premio desde luego, pero sí al menos algo que llevarse a la boca, algo con que animarse, sobre todo después de que el sevillismo viera cómo su equipo caía dolorosamente goleado en París hace sólo cuatro días y ponía su clasificación para la siguiente ronda de la Liga Europa a expensas de la temida visita del líder de la Bundesliga, el Dortmund.

Pero este equipo que ayer vestía de azul pastel es tan poca cosa que cualquier aspecto que haga bien no pesa más en la balanza que los que hace mal. En Villarreal los discípulos de Gregorio Manzano hicieron lo que parecía imposible, darle movimiento a lo que era un encefalograma plano, pero la reacción fue tan tímida como tardía. La entrada de Capel y Negredo a los diez minutos de la segunda parte dio algo de vida a un Sevilla que ya perdía otra vez por sus errores propios, pero no fue suficiente pese a que la grada castellonense acabó pidiendo la hora y particularmente un remate invalidado injustamente a Negredo y dos acciones en las que Diego López salvó a su equipo podían haber significado un punto que quién sabe si tendría un efecto reparador, pero esto es lo de siempre en estos casos. La ruina es más ruina en casa del pobre. Y el pobre, en este caso el Sevilla, se fue otra vez derrotado a casa por sus pecados, que no fueron pocos, de la primera mitad. Porque, entre otras cosas, hay que recordar que el once de Manzano no disparó entre los tres palos hasta la hora de partido. Sesenta minutos.

Pero es que en ese primer periodo el Sevilla era otra vez ese corderito, ese juguete de peluche en manos del rival, que además veía enfrente a once hombres -por segundo año consecutivo estrenó el Sevilla su tercera equipación aquí- vestidos de azul pastel, de una especie de celeste bebé.

Desde el jueves pasado Manzano andaba dándole vueltas a la cabeza para encontrar el modo de que el balón le durara a su equipo un poquito más. Por lo menos, con las limitaciones que hoy tiene el Sevilla, era la mejor manera de evitar que el rival llegara a los terrenos en los que comienzan las aguas movedizas, esos metros delante de la defensa. De ahí se deduce que apostara el técnico jiennense por un hombre con más posesión que Diego Capel en una de las bandas. José Carlos entraba en un once con Cigarini y con Romaric casi haciendo de punta junto a Kanoute, un cuarteto con la misión -imposible o no se iba a ver muy pronto- de tener un poquito más el balón en terreno del rival. Y hasta el partido empezó paradito, como en un momento dado lo podía querer este Sevilla no hecho para correr detrás del balón precisamente, si bien las posesiones de los ayer de celeste no eran lo suficientemente largas y ya se sabe lo que viene después de una pérdida sea en el lugar que sea del rectángulo de juego. Al Villarreal le costaba muy poquito buscarle las cosquillas al sistema defensivo sevillista, pese a que Manzano había ordenado un repliegue más intensivo, y tratar de defender en superioridad numérica en el momento de perder la posesión. Y era así porque la tensión de Cigarini era nula siguiendo a los rivales, porque Zokora, en su línea, o no estaba o llegaba tarde. Mantenía el tipo un dinámico Alexis y que el Villarreal no atacaba de verdad porque dejó pasar media hora de tanteo para ir tomando posiciones. Hasta que se dieron las circunstancias normales tal y como estaban las cosas. Un despiste de Perotti ponía fin a una posesión sevillista tan inofensiva como corta y el robo de Senna era convertido por el equipo amarillo rápidamente en un contragolpe en el que Rossi ponía  de gol a Nilmar sin que nadie le saliera al paso con la mínima tensión exigible.

El cuadro de Garrido ya estaba por delante con el mínimo esfuerzo y las señales que mandaba el de Manzano volvían a ser decepcionantes. Por eso, casi ningún sevillista se creía la reacción que iba a tener su equipo después, cuando en el campo aparecieron Capel y Negredo y el Villarreal comenzó a recular defendiéndose de un empate que si no llegó fue por aquello de que al perro flaco acuden sólo pulgas. No se sabe muy bien si fue por cansancio levantino o por fe visitante, el Sevilla llegó a soñar con el empate, un sentimiento triste a estas alturas, pero plausible tal y como se han visto las cosas. Se agredece la intención, pero eso sólo no sirve, sobre todo porque fue tímida, tardía y apastelada.

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