Turón, Turobriga romana

  • El municipio se constituyó como núcleo de población durante el Imperio Romano, época en la que era conocido como Turobriga, para explotar sus minas de plomo hoy abandonadas

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El municipio de Turón está situado en la parte suroriental de la Alpujarra granadina, a una altitud de 684 metros y ubicado en una pequeña rambla que atraviesa el núcleo de norte a sur aproximadamente por la mitad. Su estructura presenta forma de planta apiñada a la solada de un entorno de suave pendiente, al este del Alto de Malpeña.

Al contrario de otros pueblos de la Alpujarra de orígenes árabes, Turón se constituyó como núcleo de población durante el Imperio Romano, época en la que era conocido como Turobriga, para explotar sus minas de plomo hoy abandonadas. Formó parte de la Taha del Gran Cehel durante la dominación musulmana. Era entonces una población próspera y tranquila al resguardo de los cerros que lo rodeaban y que proporcionaban seguridad, con un clima más benigno que el resto de la comarca. Tras la derrota musulmana, este municipio quedó prácticamente deshabitado, por lo que fue repoblado por colonos de otros puntos de Castilla.

Es un pueblo de casas blancas, calles estrechas y balcones llenos de macetas

Turón no es villa de paso. Hay que ir expresamente y descubrirla. Y eso hice. Descubrí un pueblo de casas blancas, calles estrechas y balcones llenos de macetas típicos de una villa alpujarreña, aunque su fisonomía menos agreste y empinada se asemeja más a un pueblo de meseta que de montaña.

En cuanto a su patrimonio, destaca la Iglesia de la Encarnación construida en 1711 y reedificada tras su destrucción e incendio durante la Guerra Civil. La cabecera y la torre son interesantes muestras de la arquitectura barroca granadina. Durante la Guerra Civil la iglesia fue destinada a albergue para presos de Almería dedicados a construir una carretera. Actualmente, en su interior alberga una talla de la Virgen del Rosario, patrona del pueblo.

La Ermita de San Marcos, con dos torres gemelas y una extraordinaria reja de hierro forjado en el coro, parece presidir el pueblo. Fue terminada en el año 1836 y en su interior se puede visitar una imagen policromada del Santo procedente de la Villa de las Rozas en Portugal y datada en 1646, muy venerada por los turoneros.

Durante la Guerra Civil se cometieron muchas atrocidades hoy recordadas en una placa colocada junto a la iglesia. Tiempos revueltos de venganzas y horribles sufrimientos que han quedado en la memoria de este pueblo y enterrados en la carretera que lleva a Murtas. Son historias deplorables que no debemos olvidar para que nunca se vuelvan a repetir. Pero no creo que sea en esta página lugar para recordar aquellos aciagos días y máxime cuando hay gente en el pueblo que los vivió en primera persona. Por el contrario, si existe una leyenda que pone de manifiesto la grandeza humana.

Leyenda La leyenda de los buenos vecinos

Cuenta la leyenda que estaba finalizando el año 1568 cuando la Guerra de la Alpujarras estaba a punto de iniciarse. Meses antes, los moriscos estuvieron engrasando la maquinaria para que la entrada del nuevo año coincidiese con la proclamación de su nuevo rey, Aben Humeya. Su objetivo era recuperar el Reino de Granada de las manos cristianas. La sublevación corrió como la pólvora por toda la Alpujarra y los casos de linchamientos, vejaciones y ejecuciones a los cristianos fueron la tónica habitual en estos pueblos alpujarreños. Amparados por su lejanía de la capital y abrigados por una sierra hostil y abrupta, y más en invierno, los soldados cristianos que debían ir en su ayuda apenas podían pasar por los caminos de peligrosos desfiladeros y senderos de difícil tránsito a causa de la nieve, quedando muchos días del invierno incomunicados.

No se eligió al azar el día de navidad de 1568, aunque algunos vieron en él la coincidencia de la entrega del Reino que Boabdil realizó en aquella Navidad de 1492. La realidad era otra. La ayuda del 'general invierno' para obstaculizar cualquier maniobra de las tropas del marqués de Mondéjar en las estribaciones de Sierra Nevada fue la de mayor peso en la elección de la fecha.

La rebelión de los moriscos en la Alpujarra se hizo más cruel contra los sacerdotes y clérigos al señalar a éstos como culpables de las tropelías que se hicieron entre la población morisca de esa comarca.

A las pocas semanas de la rebelión, un correo llegó a Turón con noticias del pueblo de Cádiar, las cuales no eran muy alentadoras a los cristianos.

-¡Ha sido todo un destacamento de soldados cristianos que se dirigían a Adra el que ha perecido esta noche en Cádiar a manos de los vecinos!, -dijo nervioso el correo morisco Francisco Al-Amín.

-¡Ha tenido que ser una gran batalla!, -exclamó otro joven morisco lleno de orgullo.

-¿Los vecinos de Cádiar han podido con todo un destacamento de soldados? ¡Son gente de campo como nosotros sin ninguna preparación militar!, -habló Jusuf 'El Zapatero', anciano muy respetado por los moriscos del Turón.

-No puede ser. ¿Por qué va a levantarse el pueblo contra los soldados del rey?, -preguntó el cristiano viejo Hernando Amador.

-Por los abusos que están acostumbrados hacer los soldados, curas y gente poderosa entre la población morisca. Algunos del pueblo cuentan que mientras se dirigían a Adra, iban arrasando corrales y graneros de nuestra gente. Así llenaban sus alacenas para Navidad a costa de nuestro trabajo, -le contestó Al-Amín.

Todo el pueblo se alborotó, y fueron muchos los vecinos que se congregaron en la plaza, alrededor Al-Amín, que daba pelos y señales de cuanto ocurrió.

-Cuando estaba el destacamento de soldados en la plaza de Cádiar, su jefe ordenó al Alguacil Mayor don Hernando 'El Zaguer' que diera cobijo y comida a sus hombres, que venían muy cansados del viaje y tenían que hacer noche en el pueblo. Los vecinos de Cádiar se alteraron mucho, pues vieron cómo iban cargados de lo recogido a los pobres campesinos de los alrededores.

-¿Y qué hizo el Alguacil?, -pregunto Jusuf.

-El Zaguer le respondió: "Son muchos mi señor para poder alojarlos en una sola hacienda. Mejor será que se repartan entre los vecinos de la villa y así cada vecino sólo tendrá que dar cobijo y comida a uno solo de los soldados, repartiendo entre todos la carga que supone al pueblo". Pareciéndole bien al jefe cristiano, así hicieron.

-Pobres hermanos, después de robarles tenían que darles cobijo y alimentarles, -dijo una morisca vieja que estaba muy atenta a las explicaciones del correo.

-Pero El Zaguer no es tonto y dio aviso a los sublevados que estaban en la sierra. Éstos entraron bien pasada la noche y fueron degollando, uno a uno, a todos los soldados cristianos mientras dormían.

-Aquellas palabras levantaron exclamaciones de asombro, júbilo y temor.

-El Zaguer ha dado orden de que se aprese a todo cristiano que viva en los pueblos de la Alpujarra y se entreguen a los monfíes, al mando de Aben Farax.

Se miraron perplejos, y los que empezaron a ponerse nerviosos fueron los cristianos viejos que eran pocos y temían por sus vidas.

-También ha dado orden de juntar a toda la gente que pueda empuñar un arma para que se reúnan con él en Ugíjar, -terminó de decir Al-Amín.

Enardecidos, los jóvenes moriscos empezaron a dar gritos de alegría y a mirar a los pocos cristianos que había en Turón como sus primeros trofeos de guerra. Fue entonces cuando el viejo Jusuf habló a todo el pueblo calmando los ánimos.

-Amigos y hermanos de fe, puede que los cristianos de otros pueblos hayan hecho barbaridades con sus vecinos moriscos, al contrario que nuestros vecinos los cristianos de Turón, que han sido siempre buenos vecinos y nos han ayudado en lo que han podido. No es justo que ahora nosotros los tratemos mal y tomemos venganza contra ellos. Pienso que habría que protegerlos y ponerlos a salvo.

Todo el pueblo empezó a murmurar, unos a favor y otros en contra. Eran los jóvenes los que más venganza exigían, pero los mayores sabían que era injusto tratar a sus vecinos de otro modo. Después una apasionada discusión, el bando Jusuf se impuso al de Al-Amín.

Y así se hizo. Fueron los moriscos de Turón, únicos en toda la Alpujarra, quienes, a pesar de sumarse al levantamiento, acompañaron y escoltaron a sus 18 vecinos cristianos hacia el puerto de Adra para que salvaran sus vidas.

Aún así, este noble gesto no evitó su desgracia después de la contienda, pues cuando llegaron las tropas de Juan de Austria reconquistando el territorio perdido, lo primero que hicieron fue pasar a cuchillo a todo el pueblo.

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