Brutal cornada a Lancho

  • Corrida de Palha, dura de roer, a excepción de dos buenos toros, cuarto y quinto. Serranito y Paulita perdieron cada uno sendas oportunidades para triunfar

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La historia comienza por el final de la corrida. Israel Lancho cuadró al sexto toro, un palha de ¡609 kilos!, con dos guadañas como cornamenta. Un animal que había manseado descaramente en varas. El torero se perfiló. Se tiró a matar a tumba abierta y el toro, que le esperó, le lanzó un derrote seco a la altura del hemitórax. Cogida espeluznante. El toro le empitonó con su pitón derecho, al tiempo que el diestro le metía la espada. Momentos angustiosos, con la fiera zarandeando al torero como si fuera un guiñapo, con la mirada entregada, como la del Cristo del Cachorro. Lo llevaron a la enfermería, sangrando y entre gritos de dolor. Y al público de Madrid, que hizo el ridículo, no se le ocurrió otra cosa que hacer saludar al mayoral de Palha, que había lidiado tan sólo dos toros buenos. Una ovación que propinaban unos indocumentados cuando un torero entraba entre alaridos camino del quirófano, tras un trasteo a un astado con movilidad, pero sin franqueza. Sus compañeros, cuando cayó el toro, salieron disparados hacia la enfermería. Tarde agria. Momentos de espera terribles hasta que se conoció el alcance de la cornada. Lancho, poco placeado y sin oficio, tuvo un mal lote. Ante el tercero, que lanzaba hachazos por doquier por el pitón derecho, pero iba bien por el izquierdo, estuvo muy entregado. En los medios, sufrió el inconveniente de un viento muy molesto y en su labor, desigual, predominaron los enganchones.

La corrida de Palha, a excepción de dos toros, el noble cuarto y el quinto, que humillaba, fueron huesos duros de roer. El público se puso de parte de los toros de inmediato, sin valorar matizaciones. Este público torista, que en teoría debería conocer perfectamente al toro, metió la pata y ovacionó astados que no lo merecían.

Serranito y Paulita perdieron cada uno sendas oportunidades para triunfar. Serranito, con ganas, no estuvo fino con su segundo toro, el quinto, un animal exigente, pero que humillaba tras la muleta. La faena estuvo salpicada de buenos muletazos por ambos pitones, pero faltó ligazón y el público se puso de parte del toro, ovacionado en el arrastre, siendo pitado el torero, tras dar un mitin con los aceros. El aragonés estuvo con una tremenda disposición ante su primer toro, dificilísimo y fiero, que se revolvía con mucha prontitud.

Paulita desperdició un toro potable. El cuarto, un colorao a 8 kilos de los 600, cuyas hechuras delataban procedencia Torrealta, embistió con suma nobleza. El aragonés no llegó a entenderlo. Por el pitón derecho extrajo una tanda, pero ahí quedó todo. Por el izquierdo, toreo desceñido. El balance del respetable fue una ovación para el toro y pitos para el torero. Paulita, ante su primero, complicado, pronto en todos los tercios, que iba de lejos, pero de cerca se rajaba, tampoco dio con la clave para arrancarle embestidas con la muleta.

La tragedia sobrevoló como pocas veces Las Ventas. La parca, con dos guadañas que llevaba ese sexto toro como pitones, estuvo a punto de acabar con la vida de un torero modesto, de Badajoz, uno de esos diestros que llegan a San Isidro sin apenas rodaje, con más ambición que oficio en busca de la gloria, cuyo ruedo se convirtió en la antesala de un infierno cuando la fiera le propinó una de las cornadas más brutales que hemos visto.

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