Importante tarde de Juli y Tato, sin espadas y sin fortuna

  • Aunque el diestro madrileño paseó el único apéndice de la corrida, ambos merecieron un triunfo mayor · Talavante, sin brillantez, se marcha de vacío

GANADERÍA: Toros de Núñez del Cuvillo, el tercero como sobrero, bien presentados y con movilidad, pero faltos de clase. TOREROS: Raúl Gracia 'El Tato', silencio y gran ovación tras petición insuficiente y aviso. Julián López 'El Juli', gran ovación y oreja tras aviso. Alejandro Talavante, silencio y silencio tras aviso. Incidencias: Plaza de toros de Logroño. Dos tercios de entrada en tarde agradable.

Julián López El Juli y Raúl Gracia El Tato protagonizaron en Logroño una importante tarde cada uno y, aunque el primero paseó el único apéndice de la corrida, ambos perdieron un triunfo mayor por falta de fortuna y mayor tino al matar.

Soberbio El Juli por la capacidad en todos los órdenes demostrada en dos toros a priori complicados de definir desde el tendido, con los que hubiera sido fácil equivocarse en el ruedo. Notable también el compromiso de El Tato para salir adelante en situación similar. Y aunque sólo hubo una oreja para el primero, uno y otro brindaron pasajes de mucha trascendencia.

Quien no contó tanto fue el tercer espada, Talavante, siempre al aire de los toros, sin un compromiso fehaciente. Pero sobre todo lo que más en contra tuvo la corrida fueron los toros, moviéndose mucho, sí, pero con la cara suelta, sin dejar conducirse del todo.

El Tato dejó claro ya en el primero que su papel no era el de abrir cartel como simple telonero. Al toro, doliéndose en el caballo, le faltó sinceridad en la pelea. El torero apretó mucho más allá de las posibilidades del astado, sin embargo, insuficiente para estructurar faena.

El cuarto, el más claro del envío, por ser bueno resultó también exigente. El Tato lo lanceó con buen aire en el saludo a la verónica, y hubo un tercio de varas en el que no terminó el animal de definirse, empujando en los dos encuentros con un solo pitón y yéndose suelto también en los dos. Pero se movió, como toda la corrida, y enseguida se embaló El Tato conduciéndole las embestidas por abajo. Ya la segunda tanda por la derecha tuvo significada arrogancia, y de ahí para adelante, El Tato, descolgado de hombros, movió el engaño muy despacio, ajustado y gustándose. Toreo de aroma y sentimiento. Estuvo a gusto, y podría decirse que más. Series generosas en el número, con remates también dobles, todo de una pasmosa lentitud. Faena de altura, sin embargo, sin contundencia con la espada. Faltó una muerte espectacular que hubiera traducido todo en un triunfo grande y justo.

Al Juli le ocurriría algo parecido en su primero, toro bueno de entrada por la fijeza, prontitud y largura que mostró, pero faltándole final, pues en la segunda parte se quedó cortito y remoloneó. En contraste, la firmeza y el poderío, haciéndole ir y venir, en realidad, ayudándole a rematar los viajes. El borrón de la espada dejó la cosa en una gran ovación.

Y por fin, el quinto. No hay quinto malo dice el refrán, pero fue cosa más del torero. El toro se dolió en varas y banderillas, revoltoso, de embestidas informales, iba y venía, y volvía otra vez. Pero la clave era lo mucho que le consintió el torero, al principio de faena perdiéndole necesariamente muchos pasos, hasta que por fin recondujo El Juli tanto desorden.

En la tercera tanda a derechas, perfecto sometimiento por abajo y sin rectificar. Y ya todo encadenado, hasta que la faena tuvo su carácter definitivo.

Estaban a punto de caer las dos orejas cuando, tras la estocada, un sopapo en toda regla, ocurrió algo muy raro: dobló el toro y se incorporó sobre la marcha hasta tres veces seguidas. Un incidente que no gustó, y pesando para que no cortara el segundo apéndice.

Talavante anduvo fácil con su primero bis, pero sin brillantez, como el mismo toro, basto y feo, que salió echando las manos por delante y nunca terminó de pasar. Trasteo aparente, sin profundidad.

En el sexto, la misma falta de expresión, siempre al aire del toro y en series extremadamente cortas. Sólo en las manoletinas finales de mucho hieratismo se sacudió Talavante tanto conformismo. Y volvió a matar mal.

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