Sólido Pilar ganadero; endeble base torera

  • A falta de Miura, la ganadería salmantina, la más completa · El Cordobés se justifica ante sus partidarios · Anodina despedida de Esplá ante el peor lote · Conde, incapaz

A falta de lo que suceda hoy con Miura, la ganadería de El Pilar se ha perfilado como el encierro más completo de la Feria de Abril 2009, que en lo ganadero pasará a la historia como un ciclo catastrófico. Ayer saltaron a la Maestranza cinco toros de El Pilar y uno con el hierro de Moisés Fraile, el primero, de la misma casa ganadera (procedencia Aldeanueva y, por tanto, Juan Pedro Domecq), en conjunto bien presentados y de notable juego. Todos fueron ovacionados, a excepción de primero y cuarto, el lote de Luis Francisco Esplá, que se despedía en la Maestranza, donde no actuaba desde hacía 18 años, y al que el público tributó una gran ovación tras el paseíllo. A la postre, Esplá tuvo más bien una actuación pobre y anodina; con algunas protestas al negarse a banderillear. Ante su primero, manso, sin calidad y que embestía con la cara alta, aprovechó su movilidad para tejer una labor correcta. Sin embargo, ante el cuarto, que tras una gran pelea en varas tuvo embestidas vibrantes para cuajarlo en las dos primeras tandas, el diestro alicantino no llegó a centrarse totalmente, abusando de recortes. El toro, a menos, acabó acometiendo con la cara alta.

Manuel Díaz El Cordobés hizo las delicias de su partidarios. Contó con un segundo toro, el quinto del encierro, que duró más que los muñecos del anuncio de las pilas. Y además, embistiendo siempre con nobleza y franqueza. Comenzó la faena con la diestra, con un desarme. En un trasteo sumamente largo, hay que apuntarle un excelente natural y dos tandas entonadas con la derecha, ya en el epílogo, en las que hilvanó algunos muletazos de buen trazo. Lo demás fueron fuegos artificiales para la galería de un torero que tiene el don de la comunicación con el gran público. Mató de estocada y dos descabellos y hubo petición al límite, sin concesión de trofeo y el torero se negó a dar la vuelta al ruedo, recibiendo una fuerte ovación. Con su primero, un toro con recorrido y nobleza, que llegó a hacer el avión tras la muleta, El Cordobés realizó una faena bullanguera dedicada a Francisco Hernando El Pocero, carente de toreo fundamental, en la que no faltó el archiconocido pase de la rana, con dos saltos de batracio que fueron decisivos en la petición de oreja, sin concesión, y que quedó en una ovación con saludos.

Javier Conde desaprovechó un gran lote. La labor ante el buen tercero careció de criterio y lógica. Daba dos muletazos aquí, se marchaba allá. Volvía a dar un pase y de nuevo dos aquí y otros dos allá. Y así se hizo un recorrido por el albero maestrante, sin llegar a asentar las zapatillas y cuajar el toro. En la triste labor, sólo afloraron un par de naturales de buen trazo. El diestro malagueño se superó a sí mismo ante el sexto, al que permitió que lo machacaran en varas. El animal, haciendo honor a su nombre, fue un auténtico Huracán en la suerte de varas, donde se empleó metiendo los riñones en dos larguísimos puyazos. Le zurraron para acabar con él, pero llegó todavía con combustible suficiente como para amilanar al torero, que anduvo por allí, delante del toro, sin saber por dónde ni cómo presentarle batalla. Anteriormente, tras perder el capote en los lances de recibo, había tomado el olivo. Al término de tan magnífica actuación, el público le regaló los oídos con una pitada, que acompañaron con almohadillas cuando abandonaba la plaza.

Lo de ayer fue una desgracia y nos remite al famoso y antiquísimo aserto taurino: "Ya lo dijo Pepe Moros,/ uno que traficaba en cueros,/ cuando hay toreros no hay toros/ cuando hay toros no hay toreros". Sin duda, las embestidas de los toros de ayer merecían mejor y más calidad en el toreo fundamental porque el espectáculo se puede resumir en un sólido Pilar ganadero y en una endeble base torera.

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