Talavante y su tesoro azteca

  • El extremeño abre la Puerta Grande de Las Ventas tras dos faenas con valor, chispa artística y guiños a la rica tauromaquia mexicana · Morante y Manzanares, de vacío

GANADERÍA: Cuatro toros de Núñez del Cuvillo, de presentación y juego desigual; y dos de Victoriano del Río, tercero, bueno, aplaudido en el arrastre; y cuarto, basto y con dificultades. TOREROS: José Antonio 'Morante de la Puebla', de verde y oro. Media y descabello (silencio). En el cuarto, pinchazo y casi entera (pitos). José María Manzanares, de azul oscuro y oro. Entera (silencio). En el quinto, entera (silencio). Alejandro Talavante, de grana y oro. Estocada y un descabello (oreja). En el sexto, estocada (oreja). Incidencias: Plaza de toros de Las Ventas. Miércoles, 6 de junio de 2012. Corrida de Beneficencia. No hay billetes. Presidió la Infanta Elena, que recibió brindis de los tres diestros. El viento molestó enormemente para la lidia. En cuadrillas, Trujillo saludó tras parear al quinto.

Alejandro Talavante ha enriquecido en los últimos tiempos su tauromaquia con varias suertes procedentes de México. Ayer, en los momentos clave de sus dos faenas, tiró de repertorio azteca -por ejemplo, de Arruza- para sorprender al público y, al tiempo, echar mano de la ligazón. Junto a ello, el valor, la variedad y la chispa artística, fueron determinantes para abrir la Puerta Grande de Las Ventas.

Importante triunfo de Talavante en una tarde en la que la monumental madrileña lucía de dulce, con lleno hasta la bandera y el palco real ocupado por la Infanta Elena, quien presidió la corrida. Hubo detalles como las rayas de picadores, pintadas de color rojo, en lugar de blanco, a sugerencia de Morante, que junto a Manzanares y Talavante hicieron el paseíllo tras sonar el himno nacional.

En la recompuesta corrida de Cuvillo -se completó con dos toros de Victoriano del Río, tercero y cuarto-, Talavante se encontró en primer lugar con un astado castaño, bien hecho, al que cuidaron en el caballo. El extremeño, que toreó bien a la verónica y por chicuelinas, apostó fuerte en la muleta. Cerca de las tablas, aguantó una embestida de largo y a gran velocidad del toro para sacarlo por la espalda en un muletazo escalofriante, un péndulo con raíces mexicanas. Ya en las afueras, construyó una faena bien estructurada, con una primera serie de bellos naturales. Con la diestra -al toro le costaba más embestir por ese pitón-, en otra tanda corta, dibujó tres pases templados que remató con un cambio de mano y el de pecho que hicieron saltar chispas en los tendidos. Luego, con la izquierda, algún natural de mano baja y otra serie ligada dieron la medida del gran momento que atraviesa este torero, que en el epílogo tiró de valor para una arrojada arrucina. Tras una estocada arriba y un descabello fue premiado con una merecida oreja.

Si su primero era de Victoriano del Río, el sexto era de la ganadería titular, un cuvillo justo de trapío, tocadito de pitones, que apenas cumplió en el caballo y que resultó manejable en la muleta. Pero tenía más que torear. Talavante se fue en esta ocasión a los medios y allí esperó al toro para tres estatuarios. En las afueras, por el pitón izquierdo, por el que se quedaba corto, le enjaretó tres muletazos y el de pecho. Con la diestra llegó el cante grande en una serie con cuatro y un cambio de mano. En la siguiente, un pase de pecho a la hombrera contraria resultó kilométrico. Y, con el público entusiasmado, selló otra serie con derechazos templados abrochados con una trincherilla. La talavantina -pase de su creación, parecido al pase de las flores- o el pase del desdén -otra guinda mexicana- cerraron otra faena premiada con un trofeo, tras una estocada contundente.

Morante de la Puebla, con el pegajoso que abrió plaza, destacó en un par de tandas con la diestra y algún natural. Ante el cuarto -¡631 kilos!-, un animal sin cuello, apostó por la brevedad y se lo quitó tras un breve macheteo.

Manzanares se las vio con un lote de escaso trapío. Con el segundo, protestado de salida por su falta de remate, realizó una labor larga y basada en la diestra, que no llegó a calar en el respetable. Con el quinto, un astado anovillado, que fue a menos, lo mejor fueron unas verónicas ganando terreno, que coronó con una media barroca. Labor que no pasó de porfiona, con un animal que punteaba los engaños.

Al final, el diestro que apostó más fuerte, el que arriesgó sin probaturas y sin temor al viento, ganó la partida: un Talavante que también descubrió parte de su tesoro azteca y que abría la Puerta Grande en una salida a hombros multitudinaria.

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