El novillero Mario Alcalde, herido grave en Madrid

GANADERÍA: Dos novillos, los dos primeros, de Hoyo de la Gitana, áspero el primero y más bonancible el siguiente; tres de Sobral -el sexto como sobrero al ser devuelto el tercero y correrse turno-, de escaso fuelle; y uno, el tercero, de Sánchez Fabrés, que terminó también defendiéndose. TOREROS: José Fernández, silencio tras aviso, silencio y ovación. Mario Alcalde, vuelta tras petición en el único que mató. Jesús Duque, silencio y ovación tras petición. Incidencias: Plaza de toros de Las Ventas de Madrid. La plaza tuvo un tercio de entrada en tarde lluviosa, con aguacero intermitente en la segunda parte. En la enfermería fue operado Alcalde de dos cornadas, "una en la cara interna del tercio superior del muslo derecho con trayectoria ascendente de 15 centímetros que causa destrozos en los músculos abductores. La otra en la cara posterior del tercio inferior de la pierna izquierda, con trayectoria ascendente también de 15 centímetros que causa sección longitudinal del tendón de Aquiles desde su tercio medio hasta su inserción en calcáneo. Además de contusiones y erosiones múltiples. Pronóstico grave".

Dos cornadas, una en cada muslo, de pronóstico grave, sufrió el novillero Mario Alcalde en el festejo celebrado en Las Ventas de Madrid, en el que los novillos acompañaron poco para el triunfo.

Tarde de tormentas. De lluvia en lo climatológico y de aspereza en las embestidas. Lo mejor del encierro, lo único bueno estuvo en el segundo, novillo con calidad. Le tocó en suerte a Mario Alcalde, pero fue más bien para su desgracia, pues no sólo acabó hiriéndole sino que previamente le dejó un tanto en evidencia.

Los buenos toros, se suele decir en la jerga, acaban descubriendo a los malos toreros. Y aunque no fue el caso con absoluta rotundidad, algo hubo.

Embistió el astado en cuestión por abajo y con largura. Noble, con fijeza y prontitud. Además transmitía mucho. Novillo ideal.

Alcalde se puso con él sin probaturas previas, por la derecha, quedándose quieto y corriendo la mano con suavidad. Hubo un desarme en los prolegómenos, pero eso no fue lo peor, pues el secreto era no dudarle y ahí estuvo muy firme.

Pero lo que vino después pareció insuficiente. Le faltó aire a la faena, de tandas excesivamente cortas. Dos muletazos y el de pecho. Toreo bueno, sin embargo, manifiestamente escaso. También tocó por el pitón izquierdo con el astado ya más corto de recorrido. Y en unas bernadinas finales, pese a avisarle el astado de que ya se frenaba y se metía, en la segunda vino el percance.

Fue certero: dos cornadas. Una en cada muslo. Le levantó los pies del suelo para pegarle la primera en el aire, volviendo a meterle el pitón una vez en el albero.

Doble mala suerte de Alcalde, que había llegado a la plaza caminando desde el hotel, acompañado de un numeroso grupo de niños a los que invitó a presenciar el festejo. Curiosa fórmula de promocionar el espectáculo ahora que se ha puesto de moda entre los toreros regalar entrada a los jóvenes. Los pequeños y los miembros de la peña de Alcalde, perfectamente localizados en el tendido por el alboroto de olés animándole, le pidieron la oreja que el presidente no concedió. Finalmente la cuadrilla dio la vuelta al ruedo mientras le llevaban a la enfermería.

El resto de la tarde dio poco de sí. El catalán Jesús Fernández, que en su anterior comparecencia en esta misma plaza, en julio, sufrió también dos cornadas, una en cada muslo, se encontró con un primer novillo que embestía a oleadas, pegando arreones. Y aunque no probó a torearle por el lado izquierdo, presumiblemente por donde hubiera dado más facilidades, su esfuerzo fue notable.

En el cuarto, en cambio, se tomó más precauciones. Y ya en el último, que estoqueó por el compañero herido, anduvo muy decidido y capaz. No obstante, pudieron más las malas intenciones del astado, con la cara arriba y volviéndose, tirando gañafones. El triunfo de Fernández esta vez fue salir indemne.

Duque poco pudo hacer en el tercero, que tomaba los engaños rebrincado y rematando con la cara arriba, defendiéndose, con un molesto calamocheo. En el quinto anduvo porfión y muy entregado, no obstante, sin respuesta por parte del astado, de medias y tardas arrancadas. Se llevó incluso una voltereta, salvándose por lo poco que empujó el novillo.

Queda claro que no hubo mucha tela para cortar.

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