Juan Manuel Moreno Bonilla

Presidente de la Junta de Andalucía

Los andaluces ante el espejo

El presidente andaluz sostiene que el Estatuto de autonomía de 1981 es el primer texto en el que los habitantes de la comunidad se reconocieron como un conjunto

Puerta principal del Palacio de San Telmo. Puerta principal del Palacio de San Telmo.

Puerta principal del Palacio de San Telmo. / L. C.

Una sociedad tiene que saber qué es y qué no es para poder así reconocerse, organizarse, desarrollarse y evolucionar desde sus propias certezas, sobre los firmes pilares de su identidad. Y no es tarea sencilla: ante una entidad tan compleja, diversa, irreductible e inmensa como Andalucía, tan expansiva además y que va desde lo más pragmático hasta lo más simbólico, cualquier intento de definición o de confinamiento en palabras o en ideas se ve desbordado y disuelto por la realidad, como un castillo de arena que quisiera contener la crecida de la marea.

Cuando Andalucía se dotó de un Estatuto de Autonomía, en los albores de la etapa democrática en la que nos encontramos, no solo lo hizo para poner en pie el armazón de su futuro como colectividad, como territorio y como organización jurídico-política en la nueva España de las libertades; mientras lo hacía, a la vez que pensaba en las competencias, en los derechos, en el bienestar y en la prosperidad, al tiempo que ordenaba sus intereses y discernía sus peculiaridades, comprendió que estaba colocándose por primera vez en su historia ante el espejo. Que, sin pretenderlo deliberadamente, sino como resultado de un acontecimiento histórico y social efervescente y arrollador, estaba afrontando la tarea apasionante e ingente de descubrirse a sí misma. Ella, la que había hallado un mundo, nombrado paisajes y circundado la Tierra, aún no se había detenido a mirar cómo era. Cómo es.

El Estatuto de Autonomía ha sido el primer gran espejo en el que nos hemos mirado de cuerpo entero los andaluces como sociedad. En este sentido, podría decirse que, además de una herramienta legal práctica y un catálogo de aspiraciones y pautas compartidas, la norma funcionó desde el primer momento, incluso desde antes de su nacimiento, como un novedoso instrumento de observación, de reflexión, de hallazgo, de asombro, de entusiasmo.

Fruto de ese análisis, los andaluces comprendimos que somos, en un altísimo porcentaje de nuestro ser, voluntad. Que había despertado en nosotros una consciencia poderosa y rotunda. Que no valían los prejuicios anteriores, ni los complejos, ni los estigmas, ni los clichés, ni las caricaturas, ni la condescendencia, ni cualesquiera otras injustas cargas que se nos hubieran impuesto arbitrariamente y que arrastrábamos como un lastre en nuestro camino por la historia. Que los andaluces seríamos, en definitiva, lo que nos propusiéramos ser. Porque teníamos, y tenemos, todas las capacidades y toda la determinación necesarias para ello.

Era la prueba fehaciente de eso que ya habían intuido los poetas y que el granadino Ángel Ganivet expresó al afirmar que "el horizonte está en los ojos, y no en la realidad".

Andalucía continúa hoy su doble proceso de autodescubrimiento y de evolución. No es casual ni anecdótico que aquel primer Estatuto de Autonomía de 1981 experimentase una reforma veinticinco años después, hasta la entrada en vigor del nuevo texto en 2007. Por cierto, con una ley orgánica consignada el 19 de marzo, coincidiendo así gozosamente con una fecha que, desde la Constitución de Cádiz de 1812, la historia de la legislación española consagra como un hito en el camino hacia la libertad, la modernidad y el reconocimiento de los derechos.

Y digo que no es casual porque los andaluces, como sociedad viva que somos, construimos a diario nuestra realidad; la transformamos, la sometemos a prueba, la actualizamos, la mejoramos y la adaptamos a los retos y oportunidades de un mundo en constante mutación. Conservando firmes e inalterables las bases que nos sustentan en la democracia, y que tienen que ver con la unidad de todos los españoles, con el imperio de la ley y con el sistema de derechos y libertades y sus garantías.

En efecto, Andalucía sigue enriqueciendo cada día su ser, descubriendo sus verdades.

Y que nuestras ansias de universalidad, nuestra admiración ante las maravillas y la diversidad del mundo, nuestra disposición para el asombro y hasta nuestra ubicación geográfica, con el aval añadido de nuestra larga experiencia como encrucijada cultural, nos hacen una sociedad abierta, moderna y dispuesta a encarar los desafíos de nuestro tiempo.

Pero Andalucía, que es tierra sabia, es perfectamente consciente de que no hay que demorarse mucho ante los espejos, porque estos, a la larga, invitan a la melancolía y a un peligroso culto al pasado que nos aparta de las rutas de navegación del mundo. Puede que otras colectividades encuentren algo de tentador en hacerlo, recreándose en sus diferencias hasta convertirlas en infranqueables barreras artificiales. Pero nosotros, los andaluces, somos muy conscientes de que no queremos ni podemos quedarnos en lo que Luis Cernuda llamaba "la sombra del tiempo"; en ese olvido que tanto le cundió en la poesía pero que se contradice con la voluntad, con la necesidad y con el carácter de nuestra tierra. Y tenemos muy claro, además, que tanto nuestra autonomía como el Estatuto que la articula y organiza nos exigen responsabilidades y nos piden una actitud: la violencia de género, las nuevas formas de interrelación, la integración y la igualdad, el respeto a la diferencia, la creación de empleo y riqueza, las claves del bienestar... son algunas de ellas. Nos imponen un deber de solidaridad, de apertura de mente, de generosidad, de sensibilidad incluso, que nos hagan compatibles y viables en una civilización que ya no concede espacios a las pequeñas miserias particulares y a la cortedad de miras.

Me refería a la sensibilidad, y al hacerlo me acordaba de esas palabras de Juan Ramón Jiménez tan arriesgadas como ciertas: "Se ríen los eruditos de los sentimentales, como si la cultura fuera otra cosa que el aprendizaje del sentimentalismo." No pretendo ir tan lejos como el poeta, aunque debemos admitir que Andalucía es razón y corazón, y que ambas cualidades, embelleciéndose mutuamente, impresionan a quienes nos conocen, aunque entre nosotros pasen quizá más inadvertidas a fuerza de estas acostumbrados a ellas. Un buen amigo de fuera de nuestra tierra me hizo una vez una observación que jamás olvidaré, y que también deberíamos utilizar de vez en cuando como espejo. Me dijo: "Cada vez que vengo a Andalucía lo hago con la sensación de que me estaba perdiendo algo."

Quiero pensar en todo esto ahora, precisamente; cuando se cumplen cuarenta años del referéndum del 28 de Febrero de 1980 que abrió a la autonomía andaluza la vía de las comunidades históricas; y en vísperas, podría decirse, de esa otra conmemoración que festejará en 2021, las cuatro décadas transcurridas desde el primer Estatuto. Desde que nos miramos por primera vez al espejo. Y agradezco el poder dejar constancia de ello como introducción a la presente edición de este texto legal que, levantado al amparo de la Constitución Española y de la voluntad de todos los andaluces, pone a nuestra disposición los instrumentos para alcanzar el mejor de los futuros. Sin conformismos, pero con orgullo. Con identidad, pero sin melancolía. Comprobando cuánto conservamos y cómo hemos cambiado.

A partir de aquí, nos corresponde a todos seguir escribiendo día a día nuestra realidad. El Estatuto de Autonomía para Andalucía es la constatación literal de que las cosas más importantes las hemos construido juntos. Es una llamada al diálogo y al entendimiento. Es el camino. Es la constatación de qué somos y qué no somos. De nuestra mirada dependerá dónde quede, en lo sucesivo, el horizonte.

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