Nuevo gobierno en Andalucía

El caballero templado y el síndrome de E. T.

  • Otras claves del discurso de investidura de Juan Manuel Moreno como presidente de la Junta de Andalucía

Juan Manuel Moreno, antes del discurso de investidura Juan Manuel Moreno,  antes del discurso de investidura

Juan Manuel Moreno, antes del discurso de investidura / Antonio Pizarro (Sevilla)

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La cara de Susana Díaz durante el discurso de investidura lo ha dicho todo. Los aficionados al lenguaje no verbal se lo han tenido que pasar de dulce viendo los esfuerzos notorios de la socialista por no fruncir el ceño o por tratar de reprimir alguna sonrisita indulgente mientras Moreno pronunciaba un discurso marcado por la declaración de intenciones, las promesas específicas, los guiños particulares y hasta algunos homenajes al citar a personalidades concretas de la política, caso del magistrado Plácido Fernández Viagas, presidente de la Junta Preautonómica de Andalucía, y de Mariano Rajoy, el presidente del PP que lo envió a la aventura andaluza en 2014.

Casi 40 años en el poder generan un sentido patrimonialista de las instituciones. Los políticos que se perpetúan en el poder son como críos que no distinguen entre el juguete prestado y el juguete en propiedad. Finalizado el préstamo hay que arrancárselo de las manos y aguantar la pataleta. Se ven ya socialistas con todos los síntomas de sufrir el síndrome de aquel marciano encantador que era E. T.

Al pasar por San Telmo exclamarán con nostalgia: "Mi casa, teléfono". Se ha visto en las caras, que son el reflejo del alma, como se ha visto en esa carta redactada por Díaz en la que comienza la radicalización de PSOE, un partido fundamental en la historia de Andalucía y España. Las manifestaciones de protesta de hoy retrotraen al doberman con el que el PSOE identificaba al PP en los años 90, la agitación de ese miedo a la derecha que ya no convence. Vox está obligando al PP a reconvertirse. El PSOE andaluz, el de las caras ajadas, tendrá que tomar un nuevo camino si no quiere quedar empequeñecido... y condenado al estado de cabreo.

Moreno Bonilla, quién se lo iba a augurar, se ha convertido en el símbolo del jaque andaluz a la tradicional superioridad moral de la izquierda. Sí, con las muletas imprescindibles de Ciudadanos y Vox, pero el símbolo es él. El presidente será él. El pacto irremediable da paso a un gobierno complicado en un contexto marcado por el continuo intervencionismo desde Madrid que ejercen las cúpulas de los tres partidos protagonistas: PP, Cs y Vox. Ninguno se corta a la hora de tutelar a los dirigentes andaluces.

El presidente in pectore es un tipo templado, quizás hasta la desesperación de sus colaboradores y de los observadores de su gestión. Bautiza su periodo de gobierno como el "cambio conciliador". Tal vez lo mejor de su discurso haya sido que en los cinco primeros minutos ha despejado todas las dudas y ha dado sitio en la mesa a Vox, ese pariente rechazado por todos los demás miembros de la familia del arco parlamentario. Ha estado valiente al denunciar los "cordones sanitarios". Ha citado a Vox con sus tres letras, lo que no ha hecho con Ciudadanos. Cariño público se llama. Estrategia de futuro se entiende.

El PP hace a todos los niveles un curso acelerado de interlocución fluida con Vox. El viernes estará en Sevilla el presidente nacional, Pablo Casado, que ya ha incluido la bandera de España en el nuevo logo. ¿Recuerdan que el partido con sede en Génova llegó a tener el naranja como color oficial? Ay, el PP trata ahora de desprenderse de ciertos complejos por la vía rápida, como el que necesita perder tres kilos para que le entre la chaqueta para una boda. El enlace es en mayo y se llaman elecciones municipales.

Moreno ha sido elegante y cortés al reconocer la labor de Susana Díaz, realista al admitir que los políticos no tienen "soluciones mágicas" y específico al establecer por ley que los presidentes y consejeros no pueden estar más de ocho años en el sillón. Este político criado en Málaga, siempre seguro de sí mismo hasta cuando el barco se hundía, ha pasado de presenciar los preparativos de su entierro político (un funeral tutelado desde Madrid) a trazar un discurso serio por institucional, bien hilado por construcción y pronunciación y con la altura suficiente como para no esquivar ciertos charcos. Sólo le faltó abordar un asunto espinoso: la inmigración. Ni pío de la propuesta de Vox para expulsar a 52.000 inmigrantes.

Susana Díaz Susana Díaz

Susana Díaz / Antonio Pizarro (Sevilla)

El portavoz de Vox y sus diputados aplaudieron varias veces, incluido cuando Moreno anunció correcciones en aspectos que "no funcionan" en la legislación en materia de violencia de género. Justo en ese momento, una diputada socialista musitó: "Qué poca vergüenza". Los diputados de Vox siguen como los del pueblo cuando el autobús de la excursión los deja en la Puerta del Sol y fijan la atención en el reloj de las campanadas de fin de año. Los de Adelante Andalucía, mucho más calmados que en la sesión de constitución. La bancada de Ciudadanos anduvo aséptica, poco metida en el ambiente. En la tribuna de invitados estaba Javier Arenas, en segunda fila, justo detrás de Diego Valderas, ex presidente del Parlamento. Arenas volverá de nuevo el viernes, cuando Moreno jurará el cargo, con Pablo Casado y Rajoy de invitados especiales. En los bancos de la zona conocida como la sacristía estuvo el ex secretario general del PP andaluz, José Luis Sanz, hoy senador y alcalde de Tomares. Se vieron dos alianzas entre Sevilla y Málaga: el ex ministro Zoido sentado junto a Celia Villallobos, y Beltrán Pérez a la derecha de Elías Bendodo.

La ex ministra Fátima Báñez llegó a Sevilla indignada con la manifestación. Gabino Puche se dejó ver, lo que nos devolvió a los tiempos de Telesur. Y Teófila Martínez, aquella presidenta del PP andaluz vigilada por Javié, vía Antonio Sanz, desde los despachos de los ministerios de Madrid. El delegado del Gobierno en Andalucía, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, punta de lanza de sanchismo andaluz, no compareció en el Parlamento al desplazarse a Málaga para supervisar la búsqueda del niño desaparecido en el pozo. Sí estuvo entre los invitados Jesús Maeztu, Defensor del Pueblo en Andalucía.

Dentro del Parlamento, normalidad absoluta. Fuera del Parlamento, una manifestación a la que algunos hacían fotos con disimulo para tener pruebas de la participación de asesores de la Diputación y de otras instituciones en sus horas de trabajo.

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