Residencia de Mayores Santa Clara Málaga La residencia que Aurora soñó

  • Mayores viven en un edificio en Los Montes construido y gestionado en régimen cooperativo

  • Fue la idea de una maestra que caló entre sus amigos

  • El inmueble tiene 76 apartamentos

Aurora Moreno delante del edificio de la residencia Santa Clara. Aurora Moreno delante del edificio de la residencia Santa Clara.

Aurora Moreno delante del edificio de la residencia Santa Clara. / Javier Albiñana

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El edificio se encarama escalonado por la falda de la montaña. Al fondo se ve el mar. En el jardín de la entrada hay flores; en el de detrás, olivos. Se escucha el canto de los pájaros y el silencio. El aire agrada en los pulmones. Así es el entorno en el que está enclavada la residencia Santa Clara, una cooperativa de 76 apartamentos que pergeñó Aurora Moreno desde que era una niña.

Cuenta esta maestra que cuando tenía unos 10 años iba a tocar la guitarra a los mayores de un asilo. “Estaban bien cuidados, pero a aquella residencia le faltaba algo. Yo quería para mi vejez algo que fuera como la prolongación de mi casa”, recuerda. Fue así como se le fue ocurriendo un edificio donde cada persona tuviera su propio apartamento, pero a la vez zonas comunes.

En síntesis, una residencia, pero autogestionada en régimen de cooperativa. “Creo que fue la primera de Europa”, sostiene. Ahora a este modelo le llaman cohousing. Muchas de las iniciativas de este tipo que han surgido por medio mundo han copiado del proyecto ubicado a la entrada de Los Montes de Málaga, a menos de tres kilómetros de la rotonda de Fuente Olletas.

La residencia tiene piscina, comedor, bar, peluquería, sala de rehabilitación, gimnasio, capilla, biblioteca, lavandería, cocina y muchas, muchas terrazas. Además, dispone de habitaciones especiales para enfermos, donde se alojan aquellos usuarios que temporalmente deben tener cuidados permanentes. Todo está pensado para que cada uno sea independiente, pero esté acompañado, cuidado y entretenido.

El tablón muestra las actividades que se ofrecen: taichí, baile, escuela de espalda, canto, cine, karaoke, castañuelas... Aurora abre una puerta. Hoy toca clase de castañuelas. Un puñado de mujeres toca animosamente. Encarnita Álvarez lleva dos años. “Es una idea estupenda y yo aquí vivo muy contenta”, asegura.

Todos son copropietarios del conjunto edilicio y tienen derecho al uso de un apartamento y de las zonas comunes. Los pasillos se asemejan a los de un hotel. Pero detrás de cada puerta no hay una habitación impersonal sino un hogar, con dormitorio, baño, cocina, salón y terraza. Pero si alguien no tiene ganas de cocinar, existe un comedor donde caben más de 100 personas. Basta apuntarse cada día antes de las 11:00 de la mañana.

Varias personas hacen rehabilitación en la sala de fisioterapia. Varias personas hacen rehabilitación en la sala de fisioterapia.

Varias personas hacen rehabilitación en la sala de fisioterapia. / Javier Albiñana

Cuenta el geriatra José Antonio López Trigo, que trabaja en la residencia, que cuando Aurora siendo aún joven le contó su proyecto pensó que era “un castillo en el aire”. Pero se equivocaba. “Con su empeño se fue haciendo real. Así lograron vivir en compañía, pero de forma autónoma”, relata el médico.

Aurora dice que fue la “fundadora, ideadora y sufridora” de esta residencia. Confiesa que pasó algunas noches de llanto y sin dormir. Pero ahora, cuando se asoma a la terraza desde la que contempla los jardines, la piscina, los apartamentos escalonados del complejo y, al fondo, el mar, afirma con rotundidad que valió la pena.

No estuvo sola en esta locura. Al principio, cuando se lo contaba a sus amigos, se reían de ella. Pero poco a poco, viendo su determinación, cada vez se reían menos y se apuntaban más. Antes de formar la cooperativa, iban ingresándole el dinero en su cuenta para ahorrar para aquel sueño. Aurora se ríe y confiesa que entre los partícipes en el proyecto había una inspectora de Hacienda a la que le decía que si el fisco le pedía cuentas de por qué tenía aquel dinero, ella tendría que sacarla del atolladero.

Se enamoró de un solar de 50.000 metros cuadrados, ubicado un poco más allá de la venta La Minilla. Pero estaba vendido. El azar quiso que al final aquella operación no se concretase y que finalmente un puñado de soñadores –ellos– adquirieran el suelo. Era rústico. Así que dieron batalla para que el Ayuntamiento, sin recalificarlo para alejar cualquier sospecha de especulación, les concediera la licencia como proyecto de interés social. La parcela les costó 20 millones de pesetas. Hacer el edificio, unos 480 millones de aquella moneda. Una foto de un cortijo derruido colgada en un pasillo testimonia lo que allí había antes de este inmueble moderno, amable, luminoso y práctico.

La residencia fue premiada por la Junta como mejor iniciativa cooperativa en 2002

Mientras va explicando la vida cotidiana en esta residencia, Aurora abre más puertas. La de la peluquería, por ejemplo. Allí, Pepa Sánchez pone guapas a un par de señoras. La siguiente puerta es la de la sala de rehabilitación. José Antonio Meléndez, el fisioterapeuta, confiesa su admiración hacia los impulsores de este proyecto colaborativo que “se preocuparon por su futuro y pensaron en todo lo necesario para su autocuidado”. Allí está Celia Ortega. Cuenta que a su marido, Antonio González, la idea de Aurora de una residencia en cooperativa le pareció magnífica. “Yo vine aquí cuando esto era un solar. Siempre creímos que este proyecto era posible”, afirma. La pareja tiene cinco hijos, pero no quería ser un incordio para ellos cuando llegaran a viejos. Él sólo pudo disfrutar de la residencia tres semanas. Ella lleva 14 años.

Para ser copropietario de la residencia hay que superar los 50 años, tener autonomía y pagar unos 68.000 euros. Alrededor de 9.000 euros son a fondo perdido. El resto, más el IPC, en caso de fallecimiento, pasa a los herederos. Además, la comunidad y los servicios –incluidos una comida diaria, las actividades, la limpieza de los apartamentos, la atención médica y la rehabilitación– cuestan unos 1.300 euros mensuales. Hay 116 socios porque algunos apartamentos son dobles.

“Siempre había creído en el cooperativismo, pero nunca me hubiera imaginado un proyecto así. Es fabuloso”, afirma Pablo Montosa, el director. La residencia comenzó a construirse en 1991 y a funcionar en el año 2000. Fue reconocida como mejor iniciativa cooperativa en 2002 por la Junta de Andalucía.

Pepa Sánchez peina a una usuaria. Pepa Sánchez peina a una usuaria.

Pepa Sánchez peina a una usuaria. / Javier Albiñana

A Aurora la llaman de todas partes del mundo para que les explique el modelo. Ha dado charlas en universidades y, a sus 84 años, mantiene videoconferencias por Skype con aquellos que quieren seguir sus pasos.

No es poco lo que hicieron a partir de un sueño. Levantaron un edificio de 8.000 metros cuadrados, elaboraron unos estatutos para la cooperativa y un reglamento interno de cara a garantizar la convivencia y prever todas las situaciones posibles. La asamblea y el consejo rector son los órganos que deciden el destino de este proyecto cooperativo.

Después de 18 años de funcionamiento, aunque todos ingresaron siendo personas válidas, algunas han desarrollado alzheimer u otras dependencias. Pero en la residencia –de la cooperativa que a drede llamaron Los Milagros– están cuidados y en su casa; la que se construyeron y autogestionan. Viven en un castillo, que sonaba a fantasía y que ellos supieron convertir en realidad.

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