Bienal

Medido, melódico y entregado

El flamenco que viene echó el telón el pasado domingo en el Teatro Alameda con el cantaor onubense Guillermo Cano. El joven artista de Bollullos se presentó en sociedad en la Bienal de Flamenco con Corazón de abril, un recital revestido de ciertos detalles escénicos que aquilataron la propuesta hacia un formato más acaudalado que el propio dictum correlativo del repertorio. Un inventario muy acorde y ajustado a las cualidades intrínsecas del metal del bisoño cantaor. Donde primó el arraigo de la tierra por fandangos y otra serie de palos flamencos adecuados a su arco melódico. De voz laína, a la usanza de la incipiente cantera de la Tierra llana. Por granaína, milonga, guajira o alegrías. Sin eludir el preciado fandango, templar con soleá por bulería o dirimir el envite por seguiriya. Una letanía de estilos cuyo objetivo fundamental trata de abigarrarse a "cuatro emociones básicas: alegría, ira, tristeza, miedo". Tierra, fuego, agua aire. Primavera, verano, otoño, invierno. Un clima, una atmósfera que no fue acentuada por el diseño de luces, donde primó en todo momento una sensación lúgubre que sólo despertó de su letargo en la soleá por bulería con el verde sobre las tablas del Alameda o en el tramo final del recital con el uso del ciclorama revestido de azul. Los cenitales sobre los artistas resaltaron el aspecto lúgubre e intimista que caracteriza a la mayoría de las obras flamencas que se presentan en los teatros. Primando la ausencia de color por encima de todo.

En cuanto al cante, Guillermo Cano cumplió sin arquetipos con el respetable. Medido y melódico. Vocalizando cada uno de los tercios. Milimetrado. Sin prestarse al abandono ni a la anarquía del cante. Buscando el equilibrio que su voz le permite. Y convidando a un abanico de estilos acertadamente ajustados al cronómetro. Todo un acierto. Una hora de cante que fue discurriendo por diferentes espacios de la escena. Destacando la ausencia de monitores en el interior de la misma. Tan sólo una referencia para la guitarra que le sirvió en el primer tramo del concierto. El resto reposó sobre los side-fill.

Arrancó por fandangos. Utilizando a los Makarines como elementos figurativos de la escena. Se sentó y entibió con la soleá por bulería. Sobre una percusión demasiada absorbente. Satisfizo la granaína con sapiencia para sentenciar de nuevo con el fandango y rematarlo con tonás de la gañanía. Todo fluye de forma rápida y entrelazada. La sonanta de Lebaniegos lo empuja hasta la milonga y lo retiene en la seguiriya, donde busca el quebranto. Reposa con las sevillanas de Makarines e imprime ritmo en la guajira. El minutero marca las alegrías, y Cano junto a sus invitados concluye con tonás solapadas muy al estilo morentiano. El público, como siempre, entregado.

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