Crítica de Cine

Europa ante el vacío

Fotograma de la cinta dirigida por François Ozon. Fotograma de la cinta dirigida por François Ozon.

Fotograma de la cinta dirigida por François Ozon.

En la que es ya su película número dieciséis, el prolífico y constante François Ozon regresa a un clásico del primer cine sonoro, aquel Remordimiento (1932) de Lubitsch basado en la novela de Maurice Rostand, para realizar una nueva operación de leve distanciamiento sobre sus materiales extremos de melodrama romántico con la Gran Guerra como doloroso trasfondo para sus protagonistas.

Ahí donde Lubitsch dejó caer su famoso toque para aclarar en dos o tres pinceladas el contexto posbélico y sus consecuencias morales en la comunidad, Ozon interpone un estilizado y panorámico blanco y negro como marca de distancia y prestigio desde la que observar los trayectos de ida y vuelta de sus dolientes criaturas sobre esa ausencia constante, la del Frantz del título, que determina los puntos de vista y la doble ubicación del relato: primero en la Alemania donde el soldado francés (Pierre Niney) intenta expiar su culpa y buscar el perdón acudiendo al entorno familiar de la víctima, luego en el París antes imaginado al que llegará la joven "viuda" (magnética Paula Beer) impelida por un renovado impulso vital y un súbito amor hacia quien fuera el asesino de su prometido.

Frantzdiscurre así de manera elegante y calculada entre ese presente cargado de dolor, secretos, hostilidad y resentimiento y los ecos de un pasado imaginado o evocado con el uso del color, entre estampas domésticas, paseos románticos, apuntes de tragedia y la búsqueda de un perdón que se topa con la desconfianza y la hostilidad del entorno.

Pero, más allá de la explícita lectura antibelicista o del retrato anticipatorio de una Europa eternamente enfrentada, lo que parece interesarle más a Ozon (y a nosotros) es cómo se va gestando poco a poco, de manera contenida, elíptica y silenciada, la atracción anti-natura entre esos dos polos, entre esas dos víctimas que tampoco podrán, a la postre, consumar su propia reconciliación sentimental.

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