Aquaman | Crítica Ni en adobo sería menos soso

Jason Momoa, en una escena de la película. Jason Momoa, en una escena de la película.

Jason Momoa, en una escena de la película. / D. S.

El cómic, que ha aportado muchos valores y creatividad, es en algunos aspectos una versión barata y popular (en el sentido masivo del término) de la mitología. Es el caso de Aquaman, uno de los muchos personajes de la factoría DC Comics creado por Paul Norris y Mort Weisinger inspirándose en los mitos de la Atlántida y los atlantes con un toque de los tritones griegos, hijos de Poseidón y Anfitrite. Personaje secundario en cómic hasta los años 90 y en cine hasta que ha debutado como primer espada en esta corrida mansa, aunque más le valía haberse quedado en el segundo plano en que hasta ahora había vivido.

Dirige esta nada James Wan, perpetrador de Saw, Dead Silence, Insidious o A todo gas 7 y director valorado por quienes creen que al llamarla heces ennoblecen la m... al analizarla científicamente. Humor de tercera, espectáculo de cuarta y aventuras de quinta. No hay más.

El intento de hacer una de superhéroes gamberra, divertida e irreverente, oponiéndola a la moda oscura y trascendente, fracasa por completo. Y las alusiones artúricas pretendiendo darle algo de sustancia lo empeoran todo. Esto no es Antman. También fracasan sus intentos por ser kitsch; se queda en hortera, sin más.

Su larguísimo metraje no tiene guión que lo sostenga y los efectos no dan para tanto (aunque alcancen cumbres del disparate como el pulpo tamborilero, la más absurda de las muchas criaturas absurdas que la pueblan). Ni el adobo daría sabor a este soso pescado con nombre de colonia.

Es sabido que el dinero lo puede comprar todo, pero da grima ver aquí a grandes actores como Nicole Kidman o Willem Dafoe. Y en este caso no se trata de las cornás que da el hambre.

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