Las aventuras del Dr. Dolittle | Crítica de cine El Dr. Dolittle cierra la consulta

El Dr. Dolittle regresa con las facciones de Robert Downey Jr. El Dr. Dolittle regresa con las facciones de Robert Downey Jr.

El Dr. Dolittle regresa con las facciones de Robert Downey Jr.

Hugh Lofting (1886-1947) ha tenido mala suerte con el cine. O más bien la ha tenido su creación más famosa, el doctor Dolittle, una de esas fantásticas, extravagantes y divertidas criaturas aportadas al imaginario mundial por la edad de oro de la literatura infantil y juvenil británica de la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX que suma los talentos distintos de Stevenson, Barrie, Carroll, Kipling, Grahame, Kerr, Travers, Crompton, Potter, Hogdson, Blyton, Tolkien, Lewis, Dahl, White o Blyton (y se ha prolongado en Rowling y otros).

La génesis del personaje es conmovedora: las cartas con breves cuentos que Lofting enviaba a sus hijos desde las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Publicó el primer volumen en 1920 –con el título, guiño a la tradición narrativa británica del XVIII y el XIX, de La historia del Dr. Dolittle: con noticia de su peculiar vida en casa y asombrosas aventuras en lejanos lugares nunca antes impresas– y su éxito le animó a desarrollar una larga serie de relatos interpretados por este extravagante veterinario.

Tras un primer y más que prometedor interés por su obra –el mediometraje de animación creado por la genial Lotte Reiniger en 1928 con música de Paul Dessau y fondos de Hindemith, Stravinski y Weill– el cine lo olvidó hasta que, para su desgracia, la Fox produjo en 1967 la costosísima y fracasada El extravagante doctor Dolittle dirigida por Richard Fleischer. Injusto fracaso, por otra parte, pese a ser una obra fallida cuyo rodaje fue un infierno; porque, además de una divertida interpretación de Rex Harrison y unos fantásticos decorados del genial Mario Chiari, tenía una magnífica banda sonora de Leslie Bricusse que incluía una canción –When I Look in Your Eyes– que valía por toda la película y versionaron Nancy Wilson, Tony Bennet, Diana Krall, Henry Mancini o West Montgomery.

30 años después vino la versión de Eddie Murphy, simpática como mucho (sobre todo por el doblaje de los animales). Y ahora llega esta cosita. La verdad es que, sumado todo y quitada la versión de sombras animadas de Reiniger, la de Fleischer, con todas sus deficiencias y pérdidas, es la mejor. Porque poco aporta la revisión que ha hecho el autor de engañosos éxitos como Syriana o Gold, la gran estafa. El tono, ritmo y estilo elegidos son incompatibles con el encanto del relato original. No se puede filmar las aventuras de un veterinario capaz de hablar con los animales (y que estos le contesten: gente que hable con sus mascotas hay muchas) como si fuera la guerra de Irak, en ese estilo de falso realismo histérico de planos breves y cámaras Tío Calambres. El resultado fue tan pobre que, tras una primera visión, la productora la retocó. Sin lograr nada. Carece de encanto y de magia. Y eso es lo peor que se puede decir de una película basada en esta original obra que nunca tuvo suerte en el cine.

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