Adú | Crítica African child

Anna Castillo y Luis Tosar, improbables hija y padre en 'Adú'. Anna Castillo y Luis Tosar, improbables hija y padre en 'Adú'.

Anna Castillo y Luis Tosar, improbables hija y padre en 'Adú'.

No una, ni dos, sino tres historias discurren en paralelo en esta tan bienintencionada como fallida película destinada a enjuagar conciencias del primer mundo respecto a África, la inmigración, la acogida y, ya de paso, el legado de valores de padres a hijos.

Desde la selva congoleña donde se trafica con colmillos de elefante a la frontera de Melilla y el Estrecho, la ambiciosa cinta de Salvador Calvo (Los últimos de Filipinas) hilvana a duras penas tres relatos que se supone multiplican las vertientes y frentes desde los que abordar la crisis humanitaria africana y la gestión de la misma por una Europa cada vez más reaccionaria e insolidaria.

El primero sigue al niño Adú que le da nombre en su odisea por tierra, mar y aire (¡!) desde su aldea hasta el centro de acogida, todo un periplo trazado con manga ancha y contratiempos de mal guionista que va siempre por donde uno más se lo espera. El segundo da cuenta de un español comprometido desde su ONG con la protección de los paquidermos y la relación con su díscola hija, en una trama sin alma, química ni credibilidad a la que Luis Tosar y Anna Castillo prestan la percha con tan escasa convicción como, suponemos, ganas de vacaciones de trabajo. El tercero, cómo no, arranca en la tristemente famosa valla de Melilla, frontera trágica de salto y concertina en la que la muerte de un refugiado con papeles salpica a una Guardia Civil que se debate entre la doble caricatura del desahogo y la emoción solidaria.

En fin, nada funciona en este triple y concienciado salto adelante que no consigue nunca impulsar el interés por ninguna de sus tramas y mucho menos engarzarlas en algo parecido a un discurso de denuncia social y política más allá de sus postales de la miseria condescendiente, el conflicto maniqueo, su música sinfónica de apoyo y su palmaria incapacidad para levantar no ya un ápice de verdad, sino un mínimo de verosimilitud y emoción.