Los días que vendrán | Crítica El miedo a la vida

María Rodríguez Soto y David Verdaguer en una imagen de 'Los días que vendrán'. María Rodríguez Soto y David Verdaguer en una imagen de 'Los días que vendrán'.

María Rodríguez Soto y David Verdaguer en una imagen de 'Los días que vendrán'.

Nada más universal que un embarazo ni nada más emocionante que un alumbramiento (ya verán, ya verán), y sin embargo, nada más sometido a los cambios culturales, generacionales y sociales. En su tercer largometraje, Carlos Marques-Marcet sigue una vez más de cerca el flujo de la vida, las relaciones sentimentales y el aprendizaje de la madurez, y lo hace de nuevo a través de personajes a los que parece sentirse muy cercano, en el límite del espejo autobiográfico.

Ahí donde las relaciones a distancia (10.000 Km.) o el deseo de maternidad en una relación homosexual (Tierra firme) marchitaban o transformaban los pilares del amor romántico, Los días que vendrán pone el acento en el trayecto conjunto de una pareja hacia el paritorio, un trayecto compartido además, de manera esencial, por los dos intérpretes que prestan su propia experiencia al proceso docu-ficcional en un interesante desdoblamiento que busca emociones y gestos verdaderos, ese inconfundible aroma de lo auténtico que no se suplanta fácilmente ante la cámara.

María Rodríguez Soto y David Verdaguer se entregan así en complicidad con Marques, su naturalismo de aire vintage y sus trasuntos ficcionales, en una transferencia que funciona mejor en esos pequeños detalles de intimidad de los cuerpos, los silencios y las miradas que en las recreaciones de conflicto, deterioro y pequeño docudrama doméstico.

Se trata, en definitiva, de transitar por un camino viejo y conocido que se abre ahora a nuevos miedos, inseguridades y temores, a nuevas coyunturas laborales, a nuevas dialécticas y roles de género en el seno de la pareja, una pareja hasta cierto punto prototípica de esa clase media urbana, progre, moderna y empobrecida que mira a sus padres y a sus vídeos caseros con música de Wim Mertens como modelo de una estabilidad, unos valores y una solidez que a ellos se les escapan.