No dejes rastro | Estreno en Netflix Extraños en el paraíso

Sin necesidad del contexto distópico o apocalíptico de películas hermanas como La carretera o La luz de mi vida, el tercer y estimable largo de Debra Granik (Winter’s bone) desgrana la relación entre un padre y su hija preadolescente lejos de toda normalidad social, en plena naturaleza en los márgenes de la ciudad, en la ruta por carreteras secundarias y territorios excluidos del gran mapa de la estadística.

La película borra antecedentes, de los que apenas conoceremos leves detalles, para centrarse en el día a día de esta particular relación paterno-filial en complicidad, cariño y aislamiento, apuntalando en las rutinas de supervivencia, escondite y huida ese gran tema que la atraviesa como relato utópico sobre la educación y la transmisión de valores fuera de los cauces de un sistema organizado. Un relato que Granik observa sin sentimentalismo, sin explicaciones, sin apenas psicología, en los sutiles gestos de intercambio y diálogo entre dos personajes, extraordinarios Ben Foster como padre y Thomasin Mackenzie como hija, en cuyo camino hacia adelante se atisba siempre, y sin necesidad de subrayarlo, el trauma irreparable, la herida abierta de un pasado del que va a ser difícil desprenderse.

El guion los empuja fuera de su particular paraíso ilegal y bajo sospecha, los lleva a nuevos espacios de control y al encuentro de esa comunidad organizada de la que precisamente huyen, pero es ahí donde se desata al fin el segundo gran tema de este filme: la hora de la emancipación, la necesidad de romper el vínculo primario, la aceptación como gesto necesario para el vuelo en libertad. No dejes rastro es una hermosa y emocionante película bajo su apariencia y sus formas discretas, y vuelvo a verla en un momento en el que se me antoja si cabe más reveladora.