Viaje a Nara (Vision) | Crítica El bosque de los milagritos

A vueltas con la espiritualidad, el mito y la naturaleza, de vuelta también al territorio (idealizado) de la infancia como espacio para los relatos de iniciación, expiación y redención, el nuevo largo de Naomi Kawase (Shara, El bosque de luto, Una pastelería en Tokio, Hacia la luz) asume una ortopédica condición transnacional para dar entrada a la visitante estelar Juliette Binoche en un relato que combina la necesidad de una mirada externa sobre elementos culturales propios y ancestrales en su búsqueda de sanación del dolor y la angustia por la pérdida.

Hasta los frondosos bosques de la región de Nara llega la actriz francesa en búsqueda de la planta mitológica (llamada Vision) que, de siglo en siglo, cura la ansiedad y el desasosiego vitales con el estallido de sus esporas, pretexto para un, por momentos, risible relato seudofantástico de soledades compartidas que la reúne con un taciturno guardabosques (Masatoshi Nagase), una misteriosa anciana ciega con trazos de oráculo y un joven de aspecto efébico aparecido en la zona tras un accidente.

Un cierto sentido de la trascendencia ecológico-espiritual se abre paso entre estos cuatro personajes y el entorno, filmado por Kawase con un arsenal de contraluces, destellos, reflejos y demás efectos visuales y sonoros peligrosamente cercanos a la estética publicitaria (drones incluidos), muy lejos de esa sensorialidad marca de la casa en la que lo atmosférico sí tenía un origen y una voluntad orgánicos y no tanto superficial y empalagosamente embellecedora como ahora sucede.

Así, Viaje a Nara se regodea pronto en su ensimismamiento a la espera del precipicio del ridículo por la vía del milagro explícito que diluye toda posible ambigüedad y misterio (más bien confusión) en el territorio del género, la explicación consoladora y un panteísmo zen para todos los públicos (occidentales).