La pequeña Suiza | Crítica Bienvenido Mr. Tell

Más allá de su tibio discurso satírico sobre los delirios nacionalistas en cualquiera de sus versiones, La pequeña Suiza reincide y naufraga en su condición de producto bastardo y de segunda mano recosido a partir de los retales de la última y exitosa comedia española de estereotipos regionales y costumbrismo más bien rancio.  

Tenemos aquí a un pueblo burgalés que quiere ser primero vasco y luego suizo, según convenga, entrañable disparate que seguro funcionaba mejor sobre el papel que en su forma cinematográfica definitiva, en la que han intervenido hasta cinco guionistas, nada menos. De hecho, como en tantas otras cintas del mismo corte, la supuesta gracia suele estar concentrada en el trailer.

Lo que queda aquí tras la selección promocional, disperso entre numerosos personajes episódicos, burdas caricaturas de las fuerzas vivas y civiles (alcalde, cura, guardia civil, pelota, progre…), una risible trama de filiación hispano-suiza a costa de Guillermo Tell y una historia romántica en el que vuelve a ser el peaje más insufrible de la fórmula, no funciona nunca en sus pretensiones berlanguianas (que nos perdone Don Luis) por obra y gracia de una puesta en escena televisiva y plana, un deficiente sentido del montaje, el ritmo y el gag cómico, y unas prestaciones interpretativas que, como las de Secun de la Rosa, Karra Elejalde o Antonio Resines, apenas permiten a cada uno cumplir con su chiste y hacer mutis por el foro.