Estrenos de cine | Morir para contar La terapia colectiva de Hernán Zin

  • El antiguo reportero de guerra, ahora reconvertido en director, estrena este viernes 'Morir para contar', un documental sobre las heridas que deja el oficio

Hernán Zin, en Gaza en una imagen de 'Morir para contar'. Hernán Zin, en Gaza en una imagen de 'Morir para contar'.

Hernán Zin, en Gaza en una imagen de 'Morir para contar'.

Los 20 años que llevaba trabajando como reportero de guerra le explotaron a Hernán Zin dentro de la cabeza en Afganistán. Corría el año 2012 y estaba allí trabajando, como muchas otras veces lo estuvo en Gaza, Sierra Leona, Bosnia o Iraq. Primero llegó el ataque de pánico, gigantesco y paralizante, pero lo peor vendría después: depresión, miedo a las multitudes en su apacible Madrid cotidiano, conductas autodestructivas, sentimiento de soledad irremediable... A modo de terapia, y también por pura necesidad de inventarse otra vida, este argentino afincado en España decidió convertirse en director de cine. 

Gran parte de su trabajo ha estado ligado –se diría que inevitablemente– con su experiencia anterior. Y ahora, tras presentar documentales como Nacido en Gaza (2014) y Nacido en Siria (2016), estrena Morir para contar, una película en la que Zin (Buenos Aires, 1971) reunió a los compañeros españoles del reporterismo bélico a los que más respeta y admira para tratar de encontrar "respuestas" a su propio trauma.

Participan en el documental Gervasio Sánchez, Ramón Lobo, Manu Brabo, Rosa Meneses, Ángel Sastre, Roberto Fraile, David Beriain, Fran Sevilla, Eric Frattini o Javier Bauluz, algunos de ellos secuestrados y heridos mientras trabajaban o, en el caso de Mónica G. Prieto, víctimas de otro modo pero no menos cruel, en su condición de viuda de Julio Fuentes, asesinado en Kabul en 2011, y actual pareja del también reportero Javier Espinosa, que durante meses permaneció secuestrado en Siria

"La idea inicial era que salieran sólo ellos, pero al final los productores me dijeron: tú tienes que estar también. Y me di cuenta de que le había pedido a ellos que se abrieran y fueran generosos, pero yo no lo estaba siendo. Al principio sólo tenía preguntas, no tenía nada que decir, ningún discurso al respecto. Pero cuatro años más tarde, porque lo he ido rodando poco a poco, vi que era cierto, comprendí que yo también tenía que estar, y ahora me alegro, porque esta especie de terapia colectiva me ha ayudado muchísimo, en muchos aspectos me ha sanado", explica el director de la película, que tras su paso por el reciente Festival de Cine de Sevilla comienza ahora su recorrido por las salas comerciales.

Morir para contar alterna el montaje de entrevistas propio del documental de-toda-la-vida con un material autobiográfico que ofrece la crónica del enorme desgarro que apartó a Zin del oficio –"hay que saber dejarlo a tiempo, yo no supe y pagué un precio alto por ello", dice ahora– y, en paralelo, imágenes de su periplo por África, Siria o la franja de Gaza, muchas de ellas de gran crudeza.

"A veces da la sensación de que nadie cambia, regresas a tu casa después de ver tanto horror y la gente sigue como si nada", reconoce Zin. "Pero sí sirve. Es un trabajo gota a gota, pero funciona. Cada muerte, cada conflicto te deja un poso de angustia, pero poco a poco va cambiando la mentalidad de la gente. Alguien tiene que hacerlo, ¿no? A mí me enganchó porque le daba un sentido a mi vida. Cuando tienes una misión, lo demás se convierte en una nimiedad", reflexiona.

"En realidad lo más difícil", continúa, "es el regreso a casa". "En la guerra la vida es muy binaria, todo se simplifica. Pero al volver es otra cosa. Es como si vinieras de Marte. De ahí el sentimiento tan común de soledad, y tantas parejas rotas. Tienes tanto que contar... pero no tienes ganas, y en realidad la gente tampoco quiere escucharlo todo... Eso hace que te vuelvas hermético y te desconectes de quienes te rodean. Y hay que hacer el esfuerzo de no sentar cátedra ni sentirte moralmente superior, porque si no entiendes que cada uno sufre en la dimensión de sus circunstancias, te puedes quedar solo y encerrado en esa soberbia".

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