Crítica de Cine

De entre los muertos

La actriz rusa Yuliya Vysotskaya, en una escena de la película. La actriz rusa Yuliya Vysotskaya, en una escena de la película.

La actriz rusa Yuliya Vysotskaya, en una escena de la película.

Resulta difícil seguirle la pista al veterano cineasta ruso Andrei Konchalovsky (Siberiada, Los amantes de María, El tren del infierno) en esta última, interesante y prolífica etapa de su carrera de vuelta a la casa madre patria. Y es que sus tres últimos largos no pueden ser más distintos entre sí: la barroca y desbordante adaptación en 3D de El cascanueces, la austera, seudocumental e independiente El cartero de las noches blancas y esta Paraíso premiada en Venecia que recupera el blanco y negro y el formato 1:33.1 para volver a la Segunda Guerra Mundial y a los campos de concentración nazis de la mano de tres personajes sacrificiales.

Un comisario francés colaboracionista de Vichy, una princesa rusa judía y un aristócrata oficial de las SS narran a cámara desde la habitación de la muerte sus experiencias durante la guerra, en una estrategia dramática algo ingenua (sobre todo por su tratamiento de metraje encontrado) que sirve de hilo conductor para el desarrollo de sus historias cruzadas.

Konchalovsky saca partido a los encuadres cerrados para intensificar el carácter claustrofóbico de su propuesta, una denuncia en primera persona de la barbarie y la carcoma moral desde la perspectiva de dos verdugos y una víctima atrapados por las circunstancias históricas: desde la justificación o el convencimiento (en el Paraíso ario prometido) a la renuncia, la culpa y el sacrificio, desde la reflexión sobre la implacable maquinaria de efectividad del exterminio a la constatación del sinsentido o la desesperación cuando se acerca el momento final.

Konchalovsky intenta responder aquí al encargo de sus productores judíos rusos y emparentar con el gran-cine-dramático que se ha asomado a las simas del Horror, manteniéndose a prudencial distancia de la explotación morbosa del dolor pero sin apartarse tampoco de ciertas imágenes-cliché que han puesto un pie a escasos metros de las cámaras de gas. Superado el debate-límite sobre la representación ficcional del Holocausto, Paraíso se sitúa pues en un territorio intermedio entre el testimonio y la reconstrucción, entre el diario íntimo y la filosofía moral.

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