Regreso a Hope Gap | Crítica

Espléndido paisaje inglés de amor y dolor

Annette Bening, en la emocionante 'Regreso a Hope Gap'. Annette Bening, en la emocionante 'Regreso a Hope Gap'.

Annette Bening, en la emocionante 'Regreso a Hope Gap'.

Antes que director, William Nicholson es escritor de novelas, dramaturgo y premiado guionista (Tierras de penumbra, Gladiator, Los miserables). Y se nota tanto en su escasa filmografía –hacía 23 años que no dirigía– como en su apuesta por una imagen clásica y muy sobria al servicio de unos personajes y unos diálogos de gran fuerza dramática que sirven para que Annette Bening y Bill Nighy hagan unas grandes interpretaciones. Se nota que Regreso a Hope Gag fue concebida hace 20 años como una obra de teatro por Nicholson. Y se nota que hurga en una herida personal: el divorcio de sus padres. Lo primero le da una gran y concentrada densidad dramática sin que se la pueda acusar de ser teatro filmado. Lo segundo le da una gran verdad dramática.

El punto de vista es el del hijo a quien el padre comunica que, tras tres décadas de matrimonio, va a divorciarse porque se ha enamorado de otra mujer. Atónito y dolido asiste a la decisión de su padre de vivir otra vida en plena madurez y a la devastación de su madre. Nicholson retrata a sus propios padres en la creación de los dos personajes y a sí mismo en la del hijo. Paradójicamente el padre, más distante y de una muy británica reserva en la exteriorización de sus emociones, es quien rompe, se supone que a causa de otro amor, el largo matrimonio; y la madre, más vital y extrovertida, es la que se hunde en el dolor y el rencor. El hijo es el testigo/víctima del drama.

Lo mejor de esta película es su muy inglesa contención emocional que duplica la fuerza de los sentimientos. Amor es dolor porque hace salir de la insularidad personal y del autogobierno emocional para hacer depender la felicidad de otra persona. “Creo firmemente que todos deberíamos ser capaces de vivir solos, sin depender del amor” ha dicho Nicholson al presentar su película. Y uno recuerda la cantidad de matrimonios que se consumen en educado silencio hasta estallar y de maridos, esposas y amantes devastados que recorren sin grandilocuencia y por ello con hiriente humanidad la literatura, el teatro y el cine ingleses sobre todo de entre los años 30 y los 60 del pasado siglo, desde la Laura de Breve encuentro de Noel Coward y la Hester de The Deep Blue Sea de Terence Rattigan a la Sarah de El fin de la aventura de Graham Greene pasando por la Ann que tan desdichado hace al Smiley de Llamada para el muerto de Le Carré (cuatro obras maravillosamente llevadas al cine por Lean, Davies, Jordan y Lumet).

Ese muy inglés tratamiento del dolor, esa británica contención que provoca una implosión emocional, muy presentes en esta película, hallan un fondo dramático perfecto en el maravilloso y también muy inglés paisaje de Seaford (Sussex) en el que la serenidad melancólica de los prados verdes contrasta con el vértigo de los acantilados blancos y la apertura al siempre imprevisible mar.

Ya se ha dicho que Bening y Nighy hacen dos extraordinarios trabajos gracias a sus talentos, a la dirección de Nicholson y al texto que les ofrece. Hay que sumar a Josh O’Connor, el hijo, completando el triángulo dramático. En la disolución del cine europeo –cuya grandeza reside en la convergencia y las diferencias de las culturas que conforman Europa– en el bien llamado europudding, esta película, a sus valores propios, añade el de representar una sensibilidad profundamente inglesa que la conecta con las obras y películas de Coward, Rattigan, Greene o Le Carré –y sus correspondiente versiones cinematográficas– antes citadas.

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