Carvalho. Problemas de identidad/Crítica

Carvalho en el diván

  • En este Carvalho de Zanón, más amargo y exasperado que su modelo, nos encontramos con una Barcelona inmersa en el procés, atribulada por el turismo, pero que aún conserva el ordenado desorden cosmopolita que le atribuyó Montalbán

Carlos Zanón. Barcelona, 1966 Carlos Zanón. Barcelona, 1966

Carlos Zanón. Barcelona, 1966

No es la primera vez que alguien continúa la serie o el personaje comenzado por otro. Hace unos años, era David Lagercrantz quien ampliaba la trilogía Millennium de Stieg Larsson. Y son muchas las producciones que siguen ofrecido su versión televisiva, tanto de la obra de Chesterton como de Agatha Christie (sin olvidarnos del Bond de Ian Fleming, prolongado hasta nuestros días, o el Holmes impúber que fabuló Spielberg y el maravilloso Holmes enamorado de Billy Wilder)... Digo, pues, que este Carvalho de Zanón no es ninguna novedad, sino que se inscribe en un viejo hábito, perfectamente admitido, y que acaso haya encontrado en el cómic un campo más dúctil e irrestricto. Asunto diferente, claro, es que este Carvalho de Zanón sea Carvalho; y más allá de esa obviedad, que el intento de prolongar a un personaje célebre, revista algún interés o posea algún sentido.

Los “problemas de identidad” a los que alude el título, no son sólo los propios de un detective atribulado por las circunstancias, sino de aquella otra paradoja pirandelliana que ponía a sus personajes en busca de un autor, invirtiendo la carga de la culpa

Todo esto queda dicho al margen de la probidad del continuador y de la oportunidad de lo continuado. De lo que se trata, en consecuencia, es de recordar que el Carvalho de Zanón es un Carvalho pasado por el imaginario, las opiniones y los intereses de alguien distinto a Vázquez Montalbán. Y en suma, de alguien que no ha ideado a Carvalho. Lo cual significa que los “problemas de identidad” a los que alude el título, no son sólo los propios de un detective atribulado por las circunstancias -y tampoco los derivados del aquelarre nacionalista que hoy ocupa a la Barcelona post-Montalbán-, sino de aquella otra paradoja pirandelliana que ponía a sus personajes en busca de un autor, invirtiendo la carga de la culpa.  El mayor y más inmediato problema de identidad al que se enfrenta este Carvalho redivivo es el de construirse una personalidad: una personalidad literaria que difiera sin exorbitancias de su modelo y que converja con él sin incurrir en la mera y tediosa emulación.

¿Qué solución ha arbitrado Zanón para cumplir con este doble límite? Quizá la única posible. Zanón ha postulado a su Carvalho como modelo real, como inspiración del Carvalho literario. De este modo, las diferencias que el lector encuentra entre este Carvalho “original” y el Carvalho de Montalbán son aquéllas que quiso añadir el autor de Los mares del sur, y no las que, de hecho, ha establecido Zanón en esta novela, tan estrechamente ligada a la actualidad, no sólo por las numerosas cuitas del procés, ya mencionadas, sino por la alusión a las corruptelas políticas y al suceso criminal que inspira las presentes páginas (el lector quizá recuerde aquel trío amoroso, formado por agentes municipales de Barcelona, que terminó con uno de los amantes en un maletero)... Volviendo a lo anterior, ¿cuáles son las diferencias que introduce Zanón entre su Carvalho real y el Carvalho literario de Montalbán? Uno diría que este Carvalho de ahora está más cerca de Chandler que de Montalbán en esa necesidad, a veces exasperante, de resultar incisivo. El Carvalho de Montalbán, sin prescindir de esta improvisada esgrima, no parecía urgido por esa necesidad que instiga, no siempre felizmente, a Philip Marlowe. También en lo que atañe a su carácter, este Carvalho de Zanón parece más un hombre sarcástico y encolerizado, hijo de un aparatoso nihilismo, que aquel escéptico Carvalho de Montalbán, que si había dejado de creer en las facultades políticas del ser humano, no dejó de confiar en sus obras. Es decir, que Carvalho habría dejado de acudir a la autoridad de Gramsci, pero no a la inteligencia de Brillat-Savarin. Y esa luz crepuscular, convaleciente, mortecina, pero luz al cabo, la luz de los fogones y la Re coquinaria de Marco Apicio, tampoco está en este Carvalho de Zanón, cuyo personaje anda más ocupado en su aflicción que en la cochura exacta del arroz, cuyo fracaso, como nos advirtió Cunqueiro, era un fracaso de la civilización.

Lo cual nos obliga a recordar que el Carvalho de Montalbán era, ¿a su pesar?, un refinado producto continental. Éste de Zanón, sin ignorar a su modelo, se halla más próximo a sus compañeros de ultramar, siempre urgidos por el eros, el thánatos y la comida en coche.

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