Fallece V. S. Naipaul, el Nobel de Literatura caribeño

Pequeño Vidia, gran Naipaul

  • Con la muerte a los 85 años del autor de 'Una casa para el señor Biswas' se apaga la voz más convincente del desarraigo cultural

Naipaul retratado en su hogar en 2001 tras comunicársele el Premio Nobel. Naipaul retratado en su hogar en 2001 tras comunicársele el Premio Nobel.

Naipaul retratado en su hogar en 2001 tras comunicársele el Premio Nobel. / CHRIS ISON

Arrogante, desdeñoso, irascible, atrabiliario en sus opiniones, V.S. Naipaul, fallecido este sábado en Londres a los 85 años, no fue una persona fácil. Muchos de sus conocidos -apenas tuvo amigos- le llamaban "el gran bastardo" en vez de Vidia, como quería que le llamaran (su nombre real era tan raro, Vidiadhar Surajprasad Naipaul, que nadie le llamaba así). El trato que dispensó a su primera mujer, Patricia Hale, y luego a su amante Margaret Gooding, fue tan cruel que hoy en día probablemente lo habrían llevado a la cárcel. El escritor Paul Theroux, que conoció a Naipaul en Uganda, en 1966, cuando los dos daban clases en una universidad de quinta categoría y salían a correr por las tardes, y que durante muchos años fue su discípulo y admirador, rompió con él cuando se encontró una de sus primeras novelas, dedicada cariñosamente a Naipaul y a su esposa, en el catálogo de un librero de viejo (al bonito precio de 1.500 libras). El ego de Naipaul, por lo demás, no tenía límites. Cuando le preguntaban por su estancia en Oxford, donde pudo estudiar gracias a una beca para alumnos pobres crecidos en los confines del Imperio Británico, Naipaul contestaba que casi no pudo aprender nada porque era mucho más inteligente que sus profesores y que sus compañeros de clase. Y todos los periodistas que lograron entrevistarlo sabían lo quisquilloso y malhumorado que era. "Inténtelo otra vez, no entiendo su pregunta, plantéela de otro modo", les decía. Y eso, claro, si no tenía una mala tarde y se negaba a hablar con ellos.

Pero al mismo tiempo, no hay un escritor que haya hablado de forma más conmovedora sobre la pobreza y sobre el desarraigo, ese mal contemporáneo de media humanidad. Y nadie ha escrito como él sobre la literatura como una forma de alcanzar la libertad individual y una especie de salvación (moral, social e incluso económica). Y por último, tampoco hay un escritor que haya narrado sus viajes -a la India, a África, a Irán y Pakistán e Indonesia, a la Argentina, a Nueva York- de forma tan inteligente y tan perspicaz, atreviéndose a contar sus impresiones y sus ideas sin pelos en la lengua ni hipocresías de ninguna clase. Su trilogía sobre la India, por ejemplo, estaba prohibida en el país de sus antepasados porque se consideraba ofensiva e insultante, aunque Naipaul se defendía diciendo que se había limitado a contar lo que había visto aunque la mayoría de hindúes se negaran a verlo (por vergüenza o por miedo o porque preferían engañarse pensando que vivían en un mundo de misticismo espiritual que en realidad no existía).

En uno de esos libros, quizá en Una zona de oscuridad (1964), Naipaul contaba que una de las grandes torturas infligidas a un opositor del gobierno indio había sido afeitarle el bigote: el hombre era brahmán y un sucio policía de una casta inferior no podía ponerle las manos encima (me pregunto qué habrían hecho los Monty Python con esta historia). Y no sé dónde, Naipaul se encontró el anuncio de un médico -un tal S. Kalimut- que trataba problemas de hemorroides y aerofagia con tarifas minuciosamente distribuidas según la clase social del paciente: clase muy alta, 90 rupias; clase alta: 42 rupias; primera clase: 33 rupias; segunda clase: 24 rupias; normal: 17 rupias. Estas absurdas distinciones en función de las castas, estos prejuicios falsamente religiosos, esta mezcla de estupidez y atraso, era lo que Naipaul denunciaba con toda la rabia del mundo, negándose a justificarlo con mentiras autocomplacientes (como hacen tantos occidentales seducidos por la mentalidad de las ONG). Y además, y esto es quizá lo más importante, Naipaul podía mirar su propia vida con la misma despiadada honestidad con que observaba la de los demás. Hablando de su primera mujer, Patricia, que murió de un cáncer de mama en 1996, Naipaul le confesó a su biógrafo: "En cierta forma, podría decirse que yo la maté". Otro hombre se habría callado o habría procurado ocultar ese hecho denigrante. Naipaul lo sacó a relucir igual que contaba los prejuicios ridículos de los hindúes o contaba con admiración que aprendió a disfrutar leyendo porque un día, en el colegio, se encontró un libro -El Lazarillo de Tormes- que contaba la vida de alguien que era tan pobre e ignorante como él mismo.

Su padre le enseñó a rehuir el victimismo desde su hogar humilde de la isla de Trinidad

V.S. Naipaul nació en la isla de Trinidad en 1932, cuando Trinidad era una remota colonia británica que nadie sabía situar en un mapa. Y para empeorar las cosas, Naipaul pertenecía a una comunidad despreciada y mal vista, la hindú, ya que su abuelo indio había llegado a la isla para trabajar -en condiciones de semiesclavitud- en las plantaciones de caña de azúcar de los colonos británicos. El padre de Naipaul logró llegar a ser periodista, aunque escribió toda su vida en un periódico sin lectores perdido en el culo del mundo, y aunque era autodidacta y apenas había podido educarse, acabó leyendo a Marco Aurelio en su lecho de muerte y consiguió ser una especie de dandy mucho más cultivado que los colonos ingleses que lo despreciaban por tener la piel oscura y por vivir en una casa miserable. Cuando le preguntaban a Naipaul -que ganó el premio Nobel en 2001- quién era su escritor favorito, contestaba sin pestañear: "Mi padre". Ese padre, por cierto, le inspiró una de sus grandes novelas, Una casa para el señor Biswas (1961), y además le enseñó a rehuir el victimismo y a no culpar a los demás de los fracasos propios. Es justo lo contrario de lo que hacemos en nuestra histérica época de victimismos identitarios.

"Nunca dejé de sentirme un extraño", decía Naipaul de sus años en la isla de Trinidad, cuando soñaba con ser escritor para alcanzar "una idea de nobleza". Durante toda su vida, incluso cuando logró vivir como un aristócrata inglés y se ganó el título de "sir" y ganó el premio Nobel, Naipaul siguió siendo un extraño. Y como dijo James Wood, tenía la visión conservadora y esnob del escritor que había logrado introducirse en los círculos más selectos de Reino Unido, pero al mismo tiempo nunca dejó de tener la mirada furiosa del niño que había crecido en una comunidad despreciada: el mestizo, el pobre, el olvidado. Puede que sir Vitia Naipaul, como persona, fuera un monstruo egoísta y cruel. Pero como escritor, como novelista, como observador de este mundo en el que todos hemos sido condenados a sentirnos extraños y en el que ya no tenemos tradiciones ni recuerdos que nos permitan orientarnos, es difícil encontrar a alguien más luminoso, más acogedor y más convincente.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios