Una historia de Rus. Crónica de la guerra en el este de Ucrania | Crítica Bienvenidos al Donbás

  • Argemino Barro muestra en 'Una historia de Rus' los complejos entresijos, dignos de frenopático histórico, de la volátil zona que se disputan Ucrania y Rusia

Un militante de la autoproclamada "República Popular de Donetsk", próxima a los prorrusos, en las ruinas de Savur-Mohyla, un memorial de la liberación de Donbás de los nazis destruido en una batalla en 2014. Un militante de la autoproclamada "República Popular de Donetsk", próxima a los prorrusos, en las ruinas de Savur-Mohyla, un memorial de la liberación de Donbás de los nazis destruido en una batalla en 2014.

Un militante de la autoproclamada "República Popular de Donetsk", próxima a los prorrusos, en las ruinas de Savur-Mohyla, un memorial de la liberación de Donbás de los nazis destruido en una batalla en 2014. / Dave Mustaine (Efe)

Decía Julio Camba que la guerra nos enseña la historia de los pueblos mientras la va destruyendo. Siempre ha sido así desde los míticos relatos entre aqueos y troyanos en la cercanía azul del Helesponto. Y así ha seguido siendo, hasta casi hoy mismo, en el este de Ucrania, en la región del Donbás, lugar donde el ejército ucraniano libra su batalla desde hace años contra las milicias separatistas prorrusas. El libro de Argemino Barro nos enseña los entresijos de la volátil región fronteriza que desde 1991, con la desmembración de la URSS, ha separado la Ucrania independiente de la Federación Rusa regida desde Boris Yeltsin hasta el nuevo zar y karateka Vladimir Putin.

A medida que íbamos leyendo el libro hemos recordado la película Dombass de Sergei Loznitsa, que ganó el Festival de Cine Europeo de Sevilla hace un par de años. Salimos de aquel metraje como aturdidos, como si no hubiéramos comprendido nada de aquella extraña guerra y por eso mismo creímos haberla entendido o al menos aceptado como teatro de un gran manicomio.

Históricamente el esplendor de Bizancio llegó hasta el corazón de Kyiv (escríbase así, en ucraniano, y no Kiev, al modo ruso). Su legado cultural y religioso arraigó entre los eslavos orientales. Las invasiones tártaras, por un lado, y la amenaza por el oeste de Polonia, por el otro, provocaron la emigración local hacia el ducado alterno de Moscú (tras la caída de Constantinopla por los turcos otomanos los moscovitas se erigieron a sí mismos en custodios de la tercera Roma). Fue en Ucrania donde también germinó la figura del cosaco, asociado luego a la aguerrida guardia de los ejércitos de Rusia (entiéndase ésta originariamente como Rus, del que se derivaría, por influjo bizantino, el nombre de Rusia).

La Revolución roja, la guerra civil entre bolcheviques y rusos blancos, más los conatos independentistas en Ucrania, acabaron, finalmente, con la instauración de las siglas de hierro, la URSS, por parte del nuevo y formidable imperio soviético. Más que sobre ningún otro confín del territorio, Moscú se empeñó en levantar estatuas de Lenin (hasta 5.500) por la república socialista de Ucrania. Había que acentuar el sovietismo en esta región lindera con las puertas occidentales de Europa. Como explica Barro, el fanatismo de Stalin se cebó en Ucrania con las gentes que vivían del agro. El holodomor o gran hambruna fue causada en los años 30 por culpa de la colectivización, la lucha contra el kulak (o supuesto hacendado rural) y la industrialización forzosa.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

Con el tiempo, la zona del Donbás fue creando un paisaje duro e industrial, pero que fue atrayendo, como tierra de promisión, a hambrientos, obreros y ganapanes (entre ellos muchos rusos de origen). Fábricas de carbón y acero, el gas metano y volutas de humo señalaron el territorio donde nació el mito –convenientemente adulterado– del fiel obrero Stajanov. El Donbás, convertido así en un Far West eslavo, sobrevivió a los zares y al yugo de Stalin como espacio industrial y casi autónomo. En los años 80 la criminalidad en la zona, favorecida por el clima endurecido de las fábricas, fue en aumento. En 1991, caída ya la URSS como ruinosa entente, las desabridas ciudades del este se llenaron de gánsteres, bandas criminales y futuros magnates oportunistas (entre ellos Rinat Ajmatov, patrón del equipo de fútbol Shaktar Donétsk).

Años más tarde, Ajmatov y el presidente ucraniano Yanukovych (oriundo del Donbás) formaron un tándem: la cuenca del este de Ucrania dominaba Kyiv y ponía freno a los coqueteos proeuropeos en el oeste del país. En 2014 estalló la revuelta del Maidán en la capital, lo que precipitó la marcha de Yanukovych. Fue el inicio de lo que señala el subtítulo del libro de Barro: comienza la crónica de la guerra en el este de Ucrania. Asimismo, en pleno revuelo, Putin aprovechó la ocasión para anexionarse Crimea, que pertenecía territorialmente a Ucrania (Kruschev, sucesor de Stalin y oriundo también del Donbás, la donó a la república ucraniana como muestra de hermandad soviética).

Ciudades como Sloviansk, Mariúpol, Lugansk o Donétsk, de mayoría prorrusa, se rebelaron contra el Maidán y las veleidades "fascistas" de Kyiv (cierto es que la revolución del Maidán introdujo, entre el mestizaje de la protesta, elementos de estética neonazi, con mechones de pelo al estilo cosaco y retratos del histórico extremista Stepán Bandera). Los combates en el aeropuerto de Donétsk marcaron el punto álgido de la guerra entre los separatistas del Donbás y el ejército ucraniano.

Las viñetas de esta guerra, tal y como las describe Argemino Barro con su fantástico pulso, las hemos visto en estos años en el telediario. Pero, como decíamos, donde mejor hemos vislumbrado el cuadro, el frenopático del este de Ucrania, ha sido en la citada película de Loznitsa.

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