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Una idea de crepúsculo

  • Benedetta Craveri reúne en 'Los últimos libertinos' a siete aristócratas que contribuyeron a formular un nuevo tipo de Estado

Benedetta Craveri (Roma, 1942) dirige un novedoso enfoque a figuras como la marquesa de Pompadour. Benedetta Craveri (Roma, 1942) dirige un novedoso enfoque a figuras como la marquesa de Pompadour.

Benedetta Craveri (Roma, 1942) dirige un novedoso enfoque a figuras como la marquesa de Pompadour.

Es Chateaubriand quien nos dice, desde otra hora del mundo, que hubo de atravesar "un mar de sangre" para llegar a la Francia de la Restauración y de los Once Mil Hijos de San Luis. También Restif de la Bretonne, Madame de Stäel, el príncipe de Talleyrand, etcétera, se hallarán en la necesidad de relatar el paso abrupto entre la Francia del Ancien Régime y la Francia de la Revolución que acaba, sumariamente, en Waterloo. Madame de Staël lo hará desde su enemistad manifiesta al Sire; Restif, con una creciente virulencia jacobina; Talleyrand, envuelto en su inhumanidad galante y desvergonzada; Chateaubriand, por su parte, escribe ya sabiéndose un superviviente, acaso un fantasma, cuando redacte sus Memorias de ultratumba. Esa es, probablemente, la idea que mueve a Benedetta Craveri -nieta del gran Bendetto Croce- cuando recoge la desigual ventura de siete libertinos prominentes: la idea de reflejar no sólo el paso de un mundo a otro, sino la textura de un mundo, minúsculo y ceremonioso, que fue eclipsado aceleradamente por la revolución burguesa.

Como es sabido, esta idea de crepúsculo es la que vibra de manera expresa en la literatura de Chateaubriand. O dicho de otro modo -dicho desde su contextura vital-, en el vizconde rige la idea de la pérdida y su naturaleza romántica, abisal, irreparable. No ocurre así en los testimonios de quienes componen este volumen y que Craveri trata de extender, con notable éxito, sobre su friso histórico. En la reconstrucción de estas vidas, y en las memorias que muchos de ellos redactaron, lo que prima es una suerte de obligación autoimpuesta, cuyo fin último era documentar una hora excepcional del mundo (así lo entendieron sus protagonistas, y también quienes miraron con estupefacción y nostalgia el XVIII ilustrado), que desaparece irremisiblemente tras la Revolución francesa. Obviamente, es esta desaparición violenta y exhaustiva la que impulsa a sus memorialistas a dar fe de aquella Francia cortesana novelada por Laclos. Sin embargo, dicho carácter testimonial, por sí mismo, quizá fuera un atractivo insuficiente para el lector moderno. De ahí que este volumen de Craveri fije su atención, no sólo en el fuego cruzado de las alcobas, y en ese refinado mecanismo de compensación social -el libertinaje- que aligeraba el peso de los matrimonios de conveniencia. Al margen de la filigrana amatoria, cuyo candor, cuya cortesía, no vivió exenta de una profunda mezquindad, el principal interés de Los últimos libertinos radica en el modo, si se quiere paradójico, en que esa clase privilegiada desató las fuerzas que habrían de arrollarlos en breve.

Es decir, que los libertinos compendiados aquí contribuyeron, de manera principal, a formular una nuevo tipo de Estado y de Monarquía, cuyo modelo era la América de Washington y La Fayette, pero cuyo desarrollo, como sabemos, transcurrió de muy diverso modo. Todos ellos fueron hombres próximos al poder (tanto a la corte de Versalles como al círculo del duque de Orange); y en consecuencia, todos ellos jugaron un papel determinante en los acontecimientos que hoy recogemos bajo el epígrafe de Revolución francesa. Sin embargo, es ese pormenor humano (las potencias en liza, el peso de la Ilustración, el azar innumerable que les deparó la gloria, la muerte o el exilio), el que otorga su verdadero relieve a esta breve cenefa de hombres extraordinarios, cuya excepcionalidad quizá jugara en contra de sus intereses. De todos ellos, es el duque de Brissac (el amador y amigo de la condesa du Barry) el que conoció un destino más trágico. Y acaso fue el barón de Besenval el que librara con mayor fortuna, no sólo de la muchedumbre airada, sino de la ingratitud y el recelo del nuevo poder constituido. El resto de los invitados a esta respetuosa soirée, los hermanos Ségur, el duque de Lauzun, el caballero Boufflers y el conde de Vaudreuil, no conocieron el horror que Brissac compartió, inopinadamente, con el hermano de Chateaubriand. Ambos rindieron sus nobles cabezas sobre una pica, sin que sus matarifes sospecharan la magnitud y la inconsecuencia de su crimen.

Se comprende así la honda, la universal melancolía que mueve la mano del vizconde de Chateaubriand al redactar sus recuerdos. En estas páginas de Craveri, sin embargo, hallamos la utillería galante de Fragonard, la desnudeces de Boucher, la delicada ternura de Vigée Le Brun, y todo como el feliz rescoldo de una hora de luz, milagrosamente recuperada.

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