La desaparición | Crítica En el borde del tablero

  • Julia Phillips sitúa en el atractivo territorio de Kamchatka a los personajes de su libro 'La desaparición', un relato que va más allá de su punto de partida de novela de intriga

La autora norteamericana Julia Phillips (Montclair, 1989).

La autora norteamericana Julia Phillips (Montclair, 1989).

A los que tenemos ya cierta edad, Kamchatka no nos es un topónimo desconocido. En primer lugar, por el Risk (la casilla más oriental de Asia), y en segundo por la muy estimable película de Marcelo Pyñeiro (2002) que luego su guionista, Marcelo Figueras, publicó en forma de novela en Alfaguara quizá con resultados menos contundentes. Kamchatka es una península del tamaño de California que conecta Rusia con el Pacífico y que fue territorio militar hasta la Perestroika; aislada del resto del país durante décadas, carece de estructuras viarias que puedan alcanzarla desde Moscú o (menos aventurado) desde Vladivostok; de modo que su situación esquinada, su amputación, el exotismo de su geografía unido a la presencia aún relevante de elementos folklóricos y fuerzas naturales la convierten en un escenario privilegiado de novela negra: eso fue lo que pensó la novicia Julia Phillips.

Phillips nació en Nueva Jersey, pero pronto sintió la llamada de las brumas eslavas. Licenciada en Literatura Inglesa, impenitente lectora de Chéjov, aprovechó un semestre de estudios en Moscú para informarse sobre el remoto lugar que queda al borde del tablero y fantasear con las historias a las que podría servir de pretexto o coordenada. Minuciosa y desconfiada, obediente a ese dogma anglosajón que equipara literatura y reportaje y afirma que antes de sentarse a escribir hay que verlo todo y sentirlo todo y visitarlo todo y meterse en todas las conversaciones, se marchó a Kamchatka y realizó labores de investigación burocrática, sociológica y antropológica que por fin debían desembocar en su primera novela. Al principio, pensó tibiamente en una novela negra, en crímenes y escapatorias; luego comprobaría que, según suele suceder, el texto se le iba de las manos y elegía otros derroteros, como las inmensas estepas asiáticas en que transcurre.

Cubierta del libro. Cubierta del libro.

Cubierta del libro.

Porque el punto de partida (y hasta el título) de La desaparición no constituye más que una declaración de intenciones que se deshace a las pocas páginas: no estamos ante un relato de intriga, ni ante nada que pretenda parecérsele. Una vez que la autora cumple con el capítulo inicial, en que dos niñas desaparecen en el coche de un desconocido, el relato deriva por sendas muy diversas que la alejan de la crónica negra y que se orientan del lado de la denuncia social, la denuncia ecológica, el psicoanálisis. No hay nada que reprocharle al respecto; si acaso, la ingenuidad (por lo demás inmotivada) de pensar que un reclamo policíaco serviría para reclutar un número mayor de potenciales lectores, porque ya se sabe que el género negro vende mejor que ningún otro.

La extrañeza de la ubicación aporta a la autora la fragancia colorida de lo distante

En realidad, La desaparición consiste en una yuxtaposición de breves episodios con protagonistas diversos, mujeres la mayor parte de ellos, en el pintoresco microuniverso de Kamchatka. La extrañeza de la ubicación no llega tanto como a hacérnoslos ajenos del todo, aunque sí le aporta la fragancia colorida de lo distante: tenemos madres solteras pero también pastores de renos, lesbianas que no pueden reconocer su condición y tripulantes de submarinos nucleares, esposas abandonadas y vulcanólogos. Domésticas y exóticas a partes iguales, las estampas quieren servir, dice la autora en una entrevista, para reflejar la condición de inseguridad de la mujer tanto en sociedades tradicionales donde el progreso aún no ha puesto pie del todo como en el mundo globalizado en general, aparte de testimoniar las diferentes crisis naturalistas, energéticas, identitarias que afligen a nuestro siglo XXI. Y esto en sólo trescientas y pico páginas: ahí es nada.

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