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Prosas y mitos | Crítica Breve gran literatura

  • La recopilación de cuatro obras de Pierre Michon sintetiza la singularidad y el talento narrativo de uno de los escritores franceses más brillantes y reconocidos del panorama contemporáneo

Pierre Michon (Cards, Creuse, 1945). Pierre Michon (Cards, Creuse, 1945).

Pierre Michon (Cards, Creuse, 1945).

Desde su tardío y deslumbrante estreno con Vidas minúsculas (1984), libro que lo convirtió de la noche a la mañana en un autor de los llamados de culto, Pierre Michon ha ido construyendo paso a paso, con la lentitud propia de un orfebre exquisito, una obra singular, exigente y reconocible en la que destacan el gusto por las formas breves y la transparencia de un estilo minimalista, a la vez clásico y moderno, que siendo rigurosamente contemporáneo busca a menudo la inspiración en el pasado. En ese pasado con frecuencia remoto ha perseguido Michon el rastro de itinerarios cuyos logros y afanes, cuyas penalidades o íntimas tragedias, ofrecen un retrato valedero para los habitantes de todo tiempo, trazado a partir de la recreación de episodios concretos que cifran en su verdad parcial la esencia o el enigma de las trayectorias individuales y en última instancia de la humanidad, pues la ambición coral del conjunto –su universalidad, a la que se llega desde la exploración de la propia biografía o de las ajenas– sugiere una especie de sujeto colectivo que se encarna en distintas edades.

La prosa de Michon combina literatura y erudición en fabulaciones llenas de vida

Publicado por la editorial Jus, encuadrada en el grupo Malpaso que acoge ahora parte del catálogo de Alfabia, Prosas y mitos no es un libro nuevo, sino la recopilación de cuatro obras que ya habían visto la luz en la misma traducción de Nicolás Valencia: Mitologías de invierno (1997), El emperador de Occidente (1989), El rey del bosque (1996) y Abades (2002). Pero no se trata de una recopilación caprichosa o falta de sentido, pues las piezas reunidas comparten un aire de familia que proviene de la adscripción de todas ellas al género histórico, que en manos de Michon adquiere una elevación inusitada. Particularmente visible en sus relatos, la huella de Borges –o de su admirado Marcel Schwob– impregna una colección que ejemplifica muy bien los recursos de los que se vale el escritor para combinar literatura y erudición en fabulaciones llenas de vida, en las que la trama importa menos que el sentido.

Fragmento de la imagen de la cubierta: 'Alegoría con Marte, Venus y Cupido' de Paris Bordone (c. 1560). Fragmento de la imagen de la cubierta: 'Alegoría con Marte, Venus y Cupido' de Paris Bordone (c. 1560).

Fragmento de la imagen de la cubierta: 'Alegoría con Marte, Venus y Cupido' de Paris Bordone (c. 1560).

El gusto por la narración histórica alcanza un grado de estilización casi abstracto

Fruto de un encargo que se reveló providencial, las vidas minúsculas recogidas en Mitologías de invierno comprenden "Tres prodigios en Irlanda" y "Nueve pasajes del causse" (conjunto de mesetas calcáreas ubicadas en el Macizo Central de Francia, en oportuna aclaración del traductor) donde Michon condensa los itinerarios de reyes, monjes, santos, estudiosos, trovadores o campesinos en semblanzas verdaderamente ejemplares por su concisión y potencia narrativa. Del tránsito entre dos mundos, en pleno ocaso de la Edad Antigua, habla El emperador de Occidente, donde se encuentran el joven Flavio Aecio, futuro vencedor de las hordas de Atila, con el anciano Prisco Atalo, un antiguo músico ambulante que fue aupado por dos veces al trono imperial y desterrado después en la isla eolia de Lípari, cuya historia, según ha contado el propio Michon, conoció en la formidable obra de Gibbon. El rey del bosque, que se refiere al famoso de Nemi al sur de Roma, tan familiar para los devotos de La rama dorada de sir James Frazer, comienza con un episodio entre erótico y satírico que refleja, como el relato medio picaresco en el que se inscribe, los meandros de la sensibilidad barroca. Situado en una "vieja Galia" dividida en reinos de taifas, hacia los umbrales del primer milenio, Abades recoge tres historias referidas a la isla, el monte y el monasterio de Saint-Michel en Normandía, la caza del jabalí o de una seductora amazona y la disputa por una reliquia, el diente de san Juan Bautista, que proponen acercamientos inusuales a una época inaugural del imaginario europeo, llenando los huecos de las vivencias solapadas en las crónicas.

El narrador se sirve de sus personajes para hablar de cuestiones que los trascienden

"Poco importa que Gévaudan o Irlanda sean los escenarios donde se representan estos dramas breves. Lo que importa es que con el mundo se hagan países y lenguas; con el caos, sentido; con las praderas, campos de batalla; con nuestros comunes, nombre propio. Que las cosas del verano, el amor, la fe y el ardor se hielen para terminar en el invierno impecable de los libros. Y que, sin embargo, en este hielo un poco de vida permanezca congelada, fresca, garante de nuestra existencia y libertad. Ese poco de verdad mortal que arde en el corazón frío del escrito, la belleza parca del uno y el esplendor impasible del otro, esto es lo que me esforcé en contar aquí". La cita del propio Michon, recogida por los editores en la contracubierta, es quizá demasiado larga, pero no se puede expresar mejor –ni de manera más fiel al espíritu de las narraciones, a lo que estas tienen de poesía no confinada en estrofas– el aliento de una escritura densa, concentrada, hecha de frases cortas y como cinceladas, pero de ritmo y musicalidad admirables, que produce el raro efecto de asistir a verdaderas revelaciones, tanto más en la relectura y por lejano o aun exótico que parezca lo que nos cuenta.

El gusto por la narración histórica alcanza en la prosa de Michon un grado de estilización casi abstracto, aunque la recreación de los detalles precisos sea, paradójicamente, uno de sus rasgos distintivos, en diálogo con el rico repertorio heredado de la tradición no sólo literaria. Lejos de los estereotipos, sin embargo, como muestran unas fábulas medievales ajenas a los motivos caballerescos, que en todo caso, como los religiosos, son abordados sin mediaciones, los relatos se ofrecen en un marco contextualizado pero a la postre intemporal, como miniaturas cuidadosamente delineadas en las que Michon dibuja vidas y paisajes antiguos, transformados a la luz de una mitología recreadora. A "esa forma sofisticada de leyenda que es la historia", el narrador aporta una mirada fundante, que parte de ella para reconstruir a través del lenguaje una realidad nueva. Los escenarios no son decorados, sino naturaleza viva, y la manera de Michon, en rigor ajena a la estética culturalista, se sirve de sus personajes para hablar de cuestiones que los trascienden, las señales del destino, el afán de conocimiento o la verdad de las mentiras, las relaciones entre el arte y el poder, las perdurables leyes del deseo o el variado repertorio de pasiones con las que los humanos entretienen la espera de la muerte.

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