Un repaso a la Transición

El 'régimen' que quiso olvidar

  • Santos Juliá recorre en 'Transición' 80 años de nuestra historia política para evitar que se produzca otro tipo de olvido, el olvido de la reconciliación

El historiador Santos Juliá. El historiador Santos Juliá.

El historiador Santos Juliá.

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Abajo el régimen. Le llaman democracia y no lo es. Fueron éstas algunas de las consignas que se gritaron en las calles de toda España en la primavera del desencanto del 2011, cuando la crudeza de la crisis económica hizo que la población mirara a su clase política y viera en ella una casta de privilegiados atrincherada en las instituciones. De ahí nacieron iniciativas como asaltar el Congreso al grito de “no nos representan”. Este movimiento callejero se transformó en discurso a través de un grupo de profesores universitarios que no asaltaron el Congreso, sino la televisión, y convirtieron en programas de máxima audiencia las tertulias políticas.

La articulación política de aquella indignación acabaría transformándose en Podemos, hoy un partido más, y su elemento diferenciador fue dar forma a un elemento casi tabú: la recusación de lo que hasta ahora había sido un proceso del que los españoles se habían sentido orgullosos, aquello que se dio en llamar La Transición, un proceso que nunca se supo muy bien cuándo empezó y cuándo acabó. Para los profesores de Podemos no sólo no había acabado, sino que habría que poner en duda si había empezado. Había que, en palabras de Errejón, el discípulo más aventajado del filósofo del populismo, Ernesto Laclau, “romper el candado del 78”.

Detalle de una portada de 'Time' de 1977 con Adolfo Suárez y el rey Juan Carlos. Detalle de una portada de 'Time' de 1977 con Adolfo Suárez y el rey Juan Carlos.

Detalle de una portada de 'Time' de 1977 con Adolfo Suárez y el rey Juan Carlos.

En esta enmienda a la totalidad en los primeros pasos de Podemos, aquello que creíamos que era democracia y no lo era y que nació en el 78 no era más que un régimen con la corrupción impresa en su partida de nacimiento por un pacto entre élites. Eran ellos –los políticos– o nosotros –la gente–. Nada se salvaba: una monarquía heredera de Franco, los pactos de la Moncloa, la Constitución, la manipulación de las circunscripciones electorales, el bipartidismo... Y caló. Podemos se convirtió en una marca potente, engulló a la vieja izquierda, a la que el nuevo líder, Pablo Iglesias, trató como a carcas, y los comunistas quedaron retratados como aquellos que permitieron que el sistema de poder establecido por la Guerra Civil se transformara sin que se alterara buena parte de sus condicionantes fundamentales.

Porque tomado por partes ese discurso podía ser comprado. ¿Acaso muchas de las grandes fortunas no se habían amasado bajo la corrupción del régimen franquista? ¿Acaso Juan Carlos I no daba continuas muestras de no ser un jefe de Estado tan ejemplar como el que nos había dibujado el relato canónico de nuestra democracia con esa alegoría televisiva de la noche del 23-F? ¿Acaso la política no era esa actividad hermética en la que había apellidos que no se habían bajado en décadas del coche oficial? ¿Acaso Franco no seguía enterrado en el Valle de los Caídos mientras desconocíamos los nombres de quienes aún se encuentran enterrados en miles de fosas comunes repartidas por toda España?

El bucle de dolor amenazaba con atraparnos entre Badajoz y Paracuellos

El historiador Santos Juliá, uno de los mayores divulgadores de nuestra historia reciente y que en títulos como Elogio de la Historia en tiempo de memoria ya hizo un alegato encendido a favor del oficio de historiador, ganó el premio Francisco Umbral de este año con Transición, un exhaustivo recorrido por 80 años de nuestra historia política que desmonta la simplificación que ha puesto en jaque el relato de la recuperación de la democracia en España en el año 78.

Porque éste no es un libro sobre La Transición. No es casual que el artículo no forme parte del título. La Transición no nace en el 78, la Transición, o los fundamentos que nos llevan a la Transición, ya están reflejados en documentos escritos durante la misma Guerra Civil, empezando por Azaña. Lo que quiere contar Juliá es una historia de la reconciliación entre dos bandos que tuvieron que poner muchos muertos en la mesa para luego olvidarlos y no quedarnos atrapados en un permanente bucle de dolor, atrapados entre Badajoz y Paracuellos. Nombres como los de Dionisio Ridruejo, Ruiz Gallardón, Enrique Múgica o Javier Pradera aparecen juntos frente a la dictadura clerical ya en los 50. Es sólo un ejemplo de transiciones antes de la Transición, antes de los nombres ya conocidos de Suárez, González, Fraga , Carrillo...

Desde el 2000, con la necesaria Ley de Memoria Histórica, se ha vuelto a abrir la ventana del pasado. No es bonito lo que vemos por ella y es tarea de historiadores documentarla y, como en el poema España en marcha, de Celaya, "enterrar como Dios manda a sus muertos". Pero Juliá no quiere que se pierda el foco sobre españoles, muchos de ellos hombres buenos, de uno y otro lado, que tendieron la mano para construir una España en paz que no fuera la paz del miedo, la paz acaudillada. Muchos de ellos no vivieron para verlo. Transición es un libro que hay que referir cuando otra clase de olvido nos caliente la boca.

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