Cultura

Una era de tinieblas

  • Con su apabullante conocimiento de la literatura y la iconografía, Mario Praz dedicó este ensayo a desvelar las claves del imaginario romántico

El crítico de arte y literario italiano Mario Praz (Roma, 1896-1982). El crítico de arte y literario italiano Mario Praz (Roma, 1896-1982).

El crítico de arte y literario italiano Mario Praz (Roma, 1896-1982). / d. s.

Para explicar la figura de Mario Praz quizá convenga acudir a la del historiador Huizinga. En su prólogo a El otoño de la Edad Media, Huizinga confiesa que emprendió tal proyecto para explicar -para explicarse- la pintura de los hermanos Van Eyck. Esto es, Huizinga aceptaba como hecho natural algo a lo que la erudición, con frecuencia, se resiste: la mutua penetración e influjo de las disciplinas. En este sentido, cabría señalar que Praz fue mucho más que un crítico literario y algo menos que un historiador del arte. Mucho más, por cuanto su obra, desde su espléndida La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica, es una indagatoria que excede, en numerosos aspectos, el ámbito literario; y algo menos, en tanto que la formidable erudición de Praz estuvo al servicio de la literatura, principalmente. Por otra parte, este tipo de erudición trasversal, esta visión ecuménica, la hemos conocido ya en Panofsky, en Gombrich, en Chastel, en Momigliano, en Burke, etcétera, cada uno aplicado a su particular tarea. Todos coinciden, sin embargo, en ese pliegue último del saber donde la Historia y el Arte, donde la ideología y el folklore, se confunden.

¿Qué campo roturan estos ensayos de Mario Praz, presentados como paralipómenos, como añadidos de La carne, la muerte y el diablo...? En su título anterior ya se indicaba que dicho campo es la literatura romántica. Pero una literatura y un Romanticismo que no coinciden, sino parcialmente, con el periodo histórico que se le atribuye. ¿Pueden llamarse románticos Walter Pater, D'Annuncio, Marcel Proust, Burne-Jones, el estilo floreale, la poesía de Walt Whitman? Sólo de un modo lato, y siempre que se entienda bien que lo que Praz llama Romanticismo es esa forma de concebir el arte que nace después de Winckelmann (que nace contra Winckelmann, en cierto modo), y cuya ambición más inmediata es esa categoría de lo sublime que han rigorizado Kant y Burke, siguiendo a Longino, y que estragará el gusto del público desde la segunda mitad del XVIII a nuestros días.

Es decir, el Romanticismo de Praz es ese escalofrío que va desde Fuseli a Byron, de Piranesi a Schowb, y llega al expresionismo abstracto de Mark Rothko. Un escalofrío, por otra parte, cuya singularidad más inmediata es su naturaleza paradójica, dado que el Romanticismo (tanto el histórico como el de Pratz), tienen su origen en una sed de misterio, instigada y modulada por lo científico. Ésa es, desde luego, la bruma lacustre que ha ideado Poe para abandonar y amonedar sus personajes; personajes estremecidos por el Más Allá, tanto o más que por la necesidad de ser precisos (recuérdese, a este respecto, las novelas de Frankenstein y Drácula). Ésa es, también, y en mayor grado, la doble exigencia que impulsa la obra crítica de Lessing, compuesta contra las vaguedades alegóricas, ciertamente inexactas, de Winckelmann: una enérgica modulación de las pasiones y un entendimiento riguroso de las herramientas propias de cada arte.

En este sentido, se comprende la mirada piadosa y admirativa que Praz dirige sobre críticos como Pater, Symonds y Vernon Lee. Todo ese afán de precisión científica no vino acompañado, hasta muy tarde, de otra ayuda que un aguzado juicio crítico. Juicio que Praz celebra en Vernon Lee, pero que sabemos fallido, lírico, meramente especulativo, en un siglo que aún desdeña la sólida, la aburrida, la molesta corpulencia del dato. Un dato, en cualquier caso, que aún no ha adquirido el protagonismo que merece en Burckhardt; pero que va en servicio de una mirada histórica, de una ambición conceptual, que cae ya lejos de la inteligencia acuarelada de Pater. ¿Hasta qué punto esa forma romántica de mirar, esa duplicidad lírico-científica, se agota en el siglo XX? Una última apreciación acerca de la propia obra de Praz debiera llevarnos a una respuesta concluyente: en Praz, junto al humor, junto a una elegante ligereza, encontramos una inteligencia firme y punzante, aplicada a la elucidación crítica de una forma de arte. Una elucidación que no excluye ni la nota melancólica ni el juicio severo; y una forma de arte que, bajo la especie de la oscuridad, dedicó sus esfuerzos a distinguir entre sombras. ¿Cabría incluir el arte de Praz en esta amplísima retícula? Sin duda. Y es bajo este friso romántico, la piedra ática bajo una luz que desfallece, como nos gusta imaginarlo.

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