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Hoces, martillos y granaderos

Hoces, martillos y granaderos Hoces, martillos y granaderos

Hoces, martillos y granaderos

No cantan porque no se saben la letra", me dijo mi amigo Roman al ver mi cara de decepción. Tenía muchas ganas de escuchar a mis vecinos de Moscú en aquel bar de la calle Pokrovka entonar su himno nacional antes del partido Rusia-Uruguay. Ya sé que es políticamente incorrecto, pero no me importa dejarlo en esta carta esteparia: me gustan los himnos. Yo soy producto de muchas patrias -la andaluza, la española, la magrebí, la europea, la rusa, la inglesa…-, porque la vida me ha dado ocasión a ser vecino en varios países, y aspiro a comprender y chapurrear varias lenguas, pero me emocionan los himnos nacionales. Cuando se entonan con pasión se me ponen los vellos de punta. Estoy seguro de que en el partido de pasado mañana entre Rusia y España de octavos de final en Moscú veamos algo bien distinto a lo del bar de la Pakrovka. Será emocionante. En la ciudad se percibe un sano sentimiento patriótico y ganas de llegar lejos en el campeonato.

Mi colega Roman, que es natural de la región sureña de Krasnodar me alertaba de que los rusos de cierta edad no se saben la letra de su himno nacional. Como ustedes conocen, la composición es la misma del himno oficial de la Unión Soviética desde 1944 -antes de esa fecha el honor lo tenía La Internacional-, pero con otra letra. El autor de las tres versiones -las soviéticas de 1943 y 1977 y la rusa de 2000- es el escritor Serguei Mijalkov, fallecido a los 96 años. Su vida transcurrió entre el Imperio ruso, la URSS y la Federación Rusa. En 2000 la vieja melodía comunista con la actual letra se convirtió oficialmente en el himno de la Federación Rusa (el arraigo de la pieza acabó con la corta vida de La canción patriótica como himno ruso). "¡Gloria a ti, nuestra patria libre, eterna unión de pueblos hermanos!", dice el estribillo, muy parecido, por cierto, al soviético.

Hace poco, bicheando por YouTube, me encontré con un vídeo en el que los jugadores de la selección rusa de rugby, creo que la grabación era de la primavera de este año, se encuentran con la sorpresa de que por la megafonía del estadio -se enfrentaban con Alemania- suena, por error, el himno de la URSS. La mayoría de los jugadores, después de unos segundos de sorpresa y sonrisas, comienza a cantar con pasión la vieja pieza bolchevique. Se la sabían y la entonaron a pleno pulmón. Sin dramas. Al escucharlo un par de veces le entran a uno ganas de sacarse el carné del PC, la verdad. Por cierto, de confusiones con la megafonía, sabemos bien los españoles: por ahí también pueden encontrar el himno de Riego en honor de la selección de tenis en una Davis o el de Marquina (y hasta el danés) para el exciclista Contador.

Con todo, probablemente Roman esté sólo en parte en lo cierto. La mayoría de la gente que llena los bares del centro de Moscú y de otras ciudades rusas estos días mundialistas o bien nació después de diciembre de 1991 o bien la disolución de la URSS les pilló muy joven como para haber interiorizado aquella letra que ensalzaba a la patria como "refugio seguro de la amistad entre los pueblos" y proclamaba que "el partido de Lenin, la fuerza del pueblo, nos lleva al triunfo del comunismo". Las nuevas generaciones se saben el nuevo himno de Mijalkov y lo van a demostrar en Luzhniki el domingo. Además de a la pericia de los futbolistas rusos, La Roja tendrá que enfrentarse a la presión escénica. Nosotros, de momento, nos seguiremos conformando con la Marcha Real, antigua de Granaderos, que tiene de momento al lorolorolo como única letra.

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