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Messi conduce a la indiferencia

Pep Guardiola ya lo advirtió en la víspera. No regresaba al Camp Nou para recibir ningún homenaje, sino para hacer su trabajo: tumbar al Barça y allanar el camino del Bayern hacia la final de la Liga de Campeones. Y la parroquia azulgrana así lo entendió. No era el día para aplaudir al mito, pero sí a su estrella.

Apareció Guardiola en el césped del estadio que se convirtió en su segunda casa cuando los dos equipos ya estaban sobre el terreno de juego y el himno de la Champions desgranaba sus últimos acordes. Hasta entonces, ni rastro del de Santpedor. Lorenzo Buenaventura fue el encargado, como es habitual, de dirigir el calentamiento del Bayern. Minutos después, viejos conocidos de uno y otro equipo se saludaban en el túnel de vestuarios. Y Guardiola, si se descuida un poco más, llega con el partido empezado. Frente a los banquillos, fue Luis Enrique quien se acercó a darle un abrazo ante la atenta mirada de las cámaras. Pero para el público del Camp Nou, fue como si hubiera saludado a un entrenador cualquiera.

Porque esta noche, Guardiola fue simplemente el técnico rival. Como el ex azulgrana Thiago. El preparador catalán se levantó de su asiento a los dos minutos y ya no se sentó. Pero no hubo aplausos durante todos los minutos que estuvo expuesto en el área técnica ante más de 95.000 espectadores, los mismos que, no hace tanto, sentían veneración por él.

La locura se desató en el Camp Nou cuando Messi decidió finiquitar el partido con dos latigazos en el tramo final. Ayer el mito no fue Guardiola, sino el futbolista de Rosario. El Camp Nou lo tuvo bien claro, igual de claro que otro mito, Xavi Hernández, se despedía de la Champions en su estadio y por eso le brindó una ovación gigante cuando sustituyó a Rakitic.

Pero lo mejor llegaría en el tiempo añadido: Messi cedía a Neymar para que el brasileño dejara prácticamente sentenciada la eliminatoria marcando el tercero a la contra. Mientras la euforia se desataba en las gradas, Guardiola miraba al cielo y se lamentaba antes de enfilar, con cara de derrota, el camino de vestuarios ante la absoluta indiferencia de la afición culé, que despedía a su equipo con gritos de "Messi, Messi, Messi!".

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